Bibliografia 

 

4.     Crisis orgánica del bloque histórico e irrupción de una nueva cultura

 

Hemos visto cómo el bloque histórico representa y caracteriza una situación histórica dada, marcada un tipo particular de relaciones entre bloques sociales que pugnan por la hegemonía, al interior de un sistema de relaciones de dominación y subordinación. También, hemos mencionado las crisis orgánicas e inorgánicas que hacen o pueden hacer presencia en los bloques históricos, y hemos descrito como se dan y se resuelven estas últimas. Corresponde ahora examinar el mecanismo de resolución de la crisis orgánica por la vía de la sustitución de un bloque hegemónico por otro, en la perspectiva de un proceso expansivo. Para ello, vamos a retrotraer la línea de argumentación, al nivel en que la traíamos en la situación ilustrada por el Diagrama 5, en el que se muestran las relaciones entre la filosofía, el sentido común de la filosofía, el sentido común, la filosofía popular y la filosofía oficial.

 

Como se dijo más arriba[1], el núcleo que «procesa» las relaciones de  dominación y subordinación es la matriz de producción de sentido constituida por las instancias de articulación ideológica. Esta matriz puede ser considerada como el centro regulador de los procesos de producción de cultura al interior de un bloque histórico dado. Mientras no se modifiquen las relaciones entre ellas, el bloque intelectual y moral sobre el cual descansa la hegemonía se mantiene inalterado, así se presenten fluctuaciones que originen crisis inorgánicas. Por esta razón, se debe buscar al interior de esta matriz el mecanismo a partir del cual  es posible introducir fluctuaciones que alteren el equilibrio del sistema y lo lleven a un punto de no retorno. En el pensamiento gramsciano, esta posibilidad está contenida en la naturaleza diversa y contradictoria del sentido común; más exactamente, en su capacidad de trascender el estado de disgregación e inorganicidad en que lo mantienen las relaciones de dominación y subordinación.

 

En su reflexión sobre el sentido común, Gramsci ubica el germen  de su potencia renovadora en una cualidad que denomina el buen sentido cuyas características examinaremos a continuación.

 

a.     El buen sentido y la crítica del sentido común

 

Además de las características ya mencionadas de incoherencia, carencia de sistematicidad, dispersión, inorganicidad, el sentido común también tiene un valor positivo, un «núcleo sano», a partir del cual es posible su propia critica y superación, al que Gramsci denomina «buen sentido». Las anotaciones de Gramsci a este respecto no son muy precisas.  Mientras en algunos pasajes es presentado en la acepción antes mencionada, como «núcleo sano» del sentido común, en otros es equiparado y a éste, a la crítica y a la filosofía.  Sin embargo, a pesar del tratamiento ambiguo dado a los términos es, posibles establecer, al menos tres niveles interpretativos. [2]

 

En primer lugar, en tanto «núcleo sano», el buen sentido es uno de los elementos que integran el sentido común; se da en él y no de cualquier manera:  el buen sentido aparece como la cualidad positiva por excelencia del sentido común, como el elemento que posibilita su critica, su superación, su devenir concepción unitaria y coherente, su devenir filosofía.  De no ser por el buen sentido, la concepción del mundo de los estratos subordinados se encontraría en incapacidad de superar su estado de confusión y disgregación; lo que, en términos políticos, equivaldría a la incapacidad de estos estratos para superar su condición de subordinación, para modificar o anular las relaciones de dominación social que los mantiene en condición de «clases instrumentales».  A éste «buen sentido» lo llamaremos (BS1)

 

Pero ¿de dónde emana la bondad de este buen sentido?¿ Cuál es la razón que explica su potencialidad transformadora? Gramsci ofrece dos razones:  De un lado, porque implica una concentración de las fuerzas racionales que permiten la superación de los «impulsos instintivos y violentos» y de las «pasiones bestiales» así como una comprensión de la necesidad que se manifiesta en la acción dirigida conscientemente, aunque sólo sea, en épocas de crisis.  De otra parte, porque esta concentración de las fuerzas racionales implica un conocimiento de la realidad —parcial y disgregado pero conocimiento al fin de cuentas— de las causas reales que motivan esta acción. En este sentido, se podría decir que el buen sentido permanece como la base «instintiva» y oculta que " mueve a los grupos subordinados en pos de sus propios intereses.   El buen sentido le confiere eficacia práctica al sentido común; hace que se establezca la correspondencia necesaria entre la concepción del mundo de estos estratos y sus intereses y necesidades.[3]

 

El desarrollo de está posibilidad de conocimiento y su relación con la  praxis constituyen, pues, el presupuesto de la crítica.  Por eso, el devenir del buen sentido (BS) viene a representar, dentro de este contexto, un segundo nivel interpretativo que da cuenta de la ocurrencia de una transformación cualitativa del sentido común: el momento de la crítica.  Este convierte las concepciones inorgánicas de los estratos subordinados en un orden intelectual, en una concepción unitaria y coherente, sistemática y crítica; en una palabra, en una filosofía.

 

En relación con el sentido común, el momento de la crítica viene a representar una conquista pues supone el acceso a un nivel de conciencia que logra desarticular —así no lo haga plenamente— la relación de dominación y subordinación  de la que sé hablado hasta ahora.  A este  momento de la crítica lo llamaremos  (BS2).

 

En el tercer nivel de interpretación el buen sentido se contrapone al  sentido común y los trasciende.  Esto quiere decir que el buen sentido accede a la condición de orden intelectual; que supera su condición de sentido común y deviene filosofía.  Pero, en este caso, ya no se trata de la filosofía en tanto expresión sistemática y orgánica de la concepción  del mundo de los grupos dominantes, sino de una filosofía que es crítica y superación de la concepción inorgánica de los estratos subordinados.  Como señala Gramsci, la superación del sentido común no tiene por objeto la creación de otro más adecuado a la concepción del mundo y, por el ende, a  los intereses de los estratos dominantes. Por él contrarío, este «nuevo» sentido común se identifica con él «deber ser» de la concepción del mundo de los subordinados.  Como se ve, ya no se trata de que el sentido común deviene filosofía; más bien, ocurre que deviene filosofía de la praxis (BS3).[4]

 

Valga aclarar que la expresión «filosofía de la praxis» es utilizada por Gramsci para referirse de manera concreta al marxismo, el cual "presupone todo ese pasado cultural: el Renacimiento, la Reforma, la filosofía alemana y la Revolución francesa, el calvinismo y la economía clásica inglesa, el liberalismo laico y el historicismo que se encuentra en la base de toda la concepción moderna de la vida. La filosofía de la práctica es la coronación de todo ese movimiento de renovación intelectual y moral, dialectizado en el contraste entre cultura popular y cultura superior. Corresponde al nexo Reforma protestante más Revolución francesa; es una filosofía que es también una política, y una política que es también una filosofía"[5]. En nuestro caso, la expresión no se utiliza en el mismo sentido. Más bien, por «filosofía de la praxis» entendemos cualquier alternativa de tipo expansivo a las concepciones del mundo dominantes dentro de un esquema transformista de dominación y subordinación. La expresión la usamos para designar un nuevo tipo de relación entre teoría y práctica, en la perspectiva de la elevación del nivel cultural de la masa que, por esta vía, es llevada a pensar de manera coherente y sistemática sobre sus intereses y necesidades históricos, y a actuar en consecuencia con ellos.

 

La importancia filosófica y política de esta superación del sentido común radica en que, por medio de ella, la masa de los "subordinados" es llevada a pensar coherentemente y unitariamente su propio presente.  Pero para  que eso ocurra es necesario criticar y trascender "el modo de pensar precedente" y el «pensamiento concreto existente»; es decir, requiere de la critica y la  superación del sentido común genérico y de la filosofía oficial, de la concepción del mundo que determina y forma parte de la circunstancia cultural dentro de la cual estos estratos desarrollan su vida. Todo esto equivale a socializar el pensamiento y la acción, a emancipar la filosofía del monopolio ejercido sobre ella los especialistas y afirmar el «carácter tendencial de filosofía de masas» que posee la filosofía de la praxis.  De este modo, se produce un nuevo orden intelectual y moral, un hecho filosófico sui-géneris que es causa y efecto de una radical transformación de la cultura.[6] En nuestro modelo, el asunto se ve como se ilustra en el Diagrama 27.

 

En este diagrama, la línea roja continua representa el proceso de crítica y superación del sentido común, su devenir «filosofía de la praxis»; y, la línea azul continua, la contradicción planteada por esta nueva concepción del mundo orgánica y  sistemática pero alternativa, frente a la filosofía oficial y a la filosofía de los grupos dominantes. De esta manera, el diagrama muestra como, a partir del buen sentido; es decir, del desarrollo del «núcleo sano» del sentido común, se subvierte toda la matriz de producción de sentido «operada» por las instancias de articulación ideológica. El «tercer momento» del buen sentido (BS3) o «filosofía de la praxis», es tomado aquí como la nueva concepción del mundo que regula todo el bloque histórico, dándole contenido a los bloques hegemónicos y al sistema cultural en su conjunto. Desde luego, un proceso tal sólo es posible como resultado de la alteración radical de la correlación de fuerzas anterior, de la irrupción de nuevas bases sociales con capacidad de construir concepciones del mundo alternativas, unitarias, sistemáticas y coherentes; o de una transformación de la relación entre teoría y práctica en la acción de las bases sociales subordinadas existentes, que las coloca en condiciones de disputar la hegemonía con posibilidades de éxito. Que una concepción del mundo subordinada (o un conjunto de ellas) devengan «filosofía de la praxis» significa la aparición de una ruptura radical en las condiciones de equilibrio que mantienen un sistema, por efecto de la amplificación de fluctuaciones que llevan las contradicciones más allá de los límites tolerables por la correlación de fuerzas que regula el bloque histórico.

 


Diagrama 27: superación del Sentido Común y creación de una nueva Filosofía  

 


La situación que describe el diagrama indica, de manera aproximada, la complejidad del  proceso de transformación de las instancias de articulación ideológica. En la realidad,  este proceso no se despliega de manera lineal como lo sugiere la línea roja, sino que se «propaga» simultáneamente por todo el campo de fases que describe el complejo ideológico, generando efectos de retroalimentación e iteración que inciden de manera distinta en cada una de las instancias; produciendo «avances» y «retrocesos», y creando las condiciones para que se configure un nuevo tipo de dirección intelectual y moral, un nuevo tipo de ejercicio hegemónico.

 

La dificultad de este proceso no escapa a Gramsci, quien se pregunta "¿Por qué y cómo se difunden, haciéndose populares, las nuevas concepciones del mundo?", Sobre todo, porque es consciente del hecho de que son, precisamente las masas populares las que "más difícilmente cambian de concepciones y, en cualquier caso, no las cambian nunca aceptándolas en su forma «pura», por así decirlo, sino sólo siempre en combinaciones más o menos incoherentes y extravagantes". Respondiendo a estos interrogantes, concluye  que "el proceso de difusión de las concepciones nuevas ocurre por razones políticas, o ea, sociales en última instancia, pero que el elemento formal, el de la coherencia lógica, el elemento de autoridad y el elemento organizativo tienen en este proceso una función muy grande inmediatamente después de producida la orientación general en los individuos y en los grupos numerosos".[7] Lo cierto es que la complejidad del proceso remite a la necesidad de organizar el nuevo  bloque intelectual y moral.

 

b.     El nuevo bloque intelectual y moral

 

Cuando la dirección en que se propaga el proceso conduce a una solución de tipo expansivo, se configura un nuevo bloque intelectual y moral como expresión de la hegemonía ejercida por el nuevo bloque hegemónico sobre el conjunto de la sociedad, en la perspectiva de la superación de la relación de dominación y subordinación.[8]

 

La función de este nuevo bloque consiste en modificar el «panorama ideológico» de la época, suscitar la formación de nuevas «élites» intelectuales, no de un modo «arbitrario», "en torno de una ideología cualquiera", sino en función de los nuevos intereses y necesidades que han devenido fundamentales por haberse consolidado como expresión de los nuevos bloques sociales hegemónicos. La consolidación del nuevo bloque intelectual y moral hace referencia a la necesidad de formular y fijar una nueva «política cultural», tan amplia que incluye los "derechos de la ciencia" y los "límites de la investigación científica", así como toda la "organización cultural que mantiene en movimiento el mundo ideológico".[9]

 

La reforma intelectual y moral

 

El papel del nuevo bloque intelectual y moral es, en consecuencia, realizar lo que Gramsci llama una «reforma intelectual y moral» o «reforma cultural». En la propuesta gramsciana, la formación de una «voluntad colectiva nacional-popular» y la «reforma intelectual y moral» están íntimamente ligadas a la cuestión de la creación de un nuevo bloque intelectual y moral.

 

La creación de un nuevo bloque intelectual y moral, hace referencia, y no es para menos, a la creación de una «voluntad colectiva» de tipo jacobino reconocida y afirmada en la acción, capaz de crear un nuevo Estado. En el pensamiento de Gramsci, esta tarea debía ser realizada por el partido político —el «moderno Príncipe», el «mito-príncipe»— concebido no como una persona, tal como lo proponía Maquiavelo, sino como "un organismo, un elemento de sociedad complejo en el cual... se resumen los gérmenes de voluntad colectiva que tienden a devenir universales y totales"[10]. Hoy, ante la crisis de los partidos políticos, esta tarea ha venido siendo asumida por diversos actores que van, desde los mismos partidos hasta los medios masivos de comunicación, pasando por los «movimientos sociales», las ONG's, y un conjunto heterogéneo de agentes sociales que son expresión de la fragmentación y la disgregación de los bloques sociales que estarían en condiciones de configurar  el nuevo bloque intelectual y moral y producir la transformación del bloque histórico. En otras palabras, no puede haber voluntad colectiva unificada sin un proyecto histórico compartido por el conjunto del «pueblo-nación».

 

La «reforma intelectual y moral», por su parte, hace referencia a la cuestión religiosa o de concepción del mundo, o como dice Gramsci, a la creación del terreno "para un desarrollo ulterior de la voluntad colectiva nacional popular hacia el cumplimiento de una forma superior y total de civilización moderna".[11] Desde este punto de vista, debe incorporar a las amplias masas populares, tal como lo hizo en su momento la Reforma protestante, generando un vínculo estrecho entre los intelectuales y los «sencillos» que haga posible la elevación del nivel cultural de las masas al nivel alcanzado por el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad.

 

El Estado ético y de cultura

 

La función de un bloque hegemónico expansivo no puede ser otra que la de garantizar la satisfacción de los intereses y necesidades del conjunto de la sociedad; es decir, sustituir el modelo de dominación y subordinación por el de autorregulación en el seno de la sociedad civil. De este modo, el nuevo bloque histórico expansivo se caracteriza por la creación de un «Estado ético», en reemplazo del «Estado-clase». Este concepto de «Estado ético» es utilizado por Gramsci para referirse a la utopía de la sociedad sin clases o «sociedad regulada», pero con algunos matices, en la medida en que también considera que todo Estado, aún el de clase, es ético a su manera, "metafóricamente".[12]

 

En principio, Gramsci dice que: "lo más concreto y sensato que se puede decir a propósito del Estado ético  y de cultura es lo siguiente: cada Estado es ético en cuanto una de sus funciones más importantes es la de elevar a la gran masa de la población a un determinado nivel cultural y moral, nivel (o tipo) que corresponde a las necesidades de desarrollo de las fuerzas productivas y por consiguiente, a los intereses de las clases dominantes. La escuela como función educativa positiva y los tribunales como función educativa represiva y negativa, son las actividades estatales más importantes en tal sentido. Pero en realidad, hacia el logro de dicho fin tienden una multiplicidad de otras iniciativas y actividades denominadas privadas, que forman el aparato de hegemonía política y cultural de las clases dominantes... Sin embargo, en la realidad sólo el grupo social que se plantea el fin del Estado y el suyo propio como una meta a alcanzar, puede crear un Estado ético, tendiente a poner fin a las divisiones internas de dominados, etc., y a crear un organismo social unitario técnico-moral".[13]

 

Como se ve, la creación de un nuevo bloque histórico está ligada a la de un nuevo bloque intelectual y moral, como expresión de un nuevo bloque hegemónico expansivo; todo ello resumido en el Estado ético y de cultura.


IV.                 INTRODUCCION A LAS ESTRUCTURAS CULTURALES DISIPATIVAS

 

1.     Los nuevos paradigmas de la ciencia y el cambio de perspectiva en las ciencias sociales

 

La ciencia contemporánea nos ha enfrentado a una situación que no pudo resolver la llamada «ciencia clásica»: la inversión de la relación entre ciencias naturales y exactas, de una parte, y ciencias sociales y humanas, de otra. En el contexto de la ciencia clásica, el carácter complejo e indeterminista de los procesos sociales aparecía ajeno a los patrones y modelos establecidos para el análisis de los hechos «objetivos» de la naturaleza, explicables por la recurrencia a «leyes físicas» deterministas, que regían inexorablemente el comportamiento de una naturaleza reductible a esquemas formales matematizables descritos, fundamentalmente, por ecuaciones lineales. El determinismo newtoniano, basado en la ley universal de la gravedad, se extendió a todas las formas de conocimiento de la realidad, sancionando la legalidad de una concepción del mundo racionalista positivista, para la cual la función de la ciencia consistía en «descubrir» las leyes «ocultas» que regían un mundo ya hecho y terminado, susceptible solamente de cambios previsibles, deducidos de procesos reversibles como los que describen las trayectorias de los móviles en el espacio. Como anotan Prigogine y Stengers, esta ciencia clásica afianzó la idea de una naturaleza pasiva y muerta, una naturaleza «estúpida» y «autómata» regida por un "pequeño numero de leyes sencillas e inmutables", que convirtió "lo que era una hipótesis fascinante y temeraria" en una "«triste» verdad".[14]  En tales condiciones, los hechos sociales, los procesos humanos y de la cultura, al no poder responder plenamente a estos esquemas interpretativos, difícilmente podían aspirar a ser objeto de un tratamiento científico riguroso. De allí, la subordinación de las «ciencias sociales» a las llamadas «ciencias duras», cuyos «descubrimientos», aplicados más o menos rápidamente al mundo de la producción, legitimaban el poder del saber tecnológico sobre el saber social. La ciencia, orientada a garantizar el dominio del hombre sobre la naturaleza, revirtió sobre el conocimiento del hombre mismo, instaurando un modo de pensar la realidad  que subordinaba el conocimiento  de los hechos del hombre a la capacidad explicativa de las ciencias de la naturaleza.

 

Sobre la base de la determinación de la realidad por leyes rígidas e inmutables, la naturaleza y el universo se convirtieron en paradigma de «orden» y «equilibrio», sancionando como desviación de la normalidad el «desorden» y el «desequilibrio». La oposición entre «cosmos» y «caos» marcó la diferencia entre lo bueno y deseable y lo malo y repudiable, y reforzó la idea de una realidad conservacionista y simple, en esencia.

 

Pero la ciencia contemporánea rompió con este paradigma. La ciencia ya no es más la precursora del «orden» y del «equilibrio». El «cosmos» no ha triunfado sobre el «caos», ni la «simplicidad» lo ha hecho sobre la «complejidad». Por el contrario, la ciencia se ha orientado hacia las "evoluciones, las crisis y las inestabilidades"; hacia "lo que se transforma, los trastornos geológicos y climáticos, la evolución de las especies, la génesis y las mutaciones de las normas que intervienen en los comportamientos sociales"[15]. De este modo, paradójicamente, las ciencias de la naturaleza se toparon, de frente, con lo que había sido el pan diario de las ciencias sociales: lo inasible, lo indeterminado, lo cambiante, lo complejo, lo dinámico. Este encuentro ha sido reconocido por Prigogine, quien considera que el hecho primordial, "en lo que a la posición de las ciencias en la problemática global de nuestra época se refiere... es el acercamiento que se busca entre ciencias físicas y ciencias humanas"[16].

 

Este acercamiento ha sido propiciado por los desarrollos de la mecánica cuántica y de la dinámica cuántica, a partir de las cuales se descubrió el papel esencial de la «irreversibilidad» y su incidencia en los procesos de «autoorganización» u organización espontánea, se reconoció el papel del azar y la aleatoriedad, se determinó el papel de la entropía, se constató que el no-equilibrio es fuente de orden, y se concluyó en que la reversibilidad y el determinismo se dan como casos particulares, mientras la irreversibilidad y la indeterminación son la regla. Sin embargo, debe recalcarse que Prigogine y Stengers hacen un reconocimiento explícito al aporte proveniente de las ciencias sociales a la construcción de este puente entre las ciencias. En particular, son categóricos sus reconocimientos a la sociología y a la economía, a la teoría de la información y, particularmente, al «estructuralismo» de Saussure y de Lévi-Strauss[17].

 

El cambio de perspectiva, originado por estos desarrollos y los de la teoría de la relatividad de Einstein, condujo a la utilización de conceptos nuevos  o a la redefinición de conceptos antiguos como los de bifurcación, fluctuación, no- linealidad, etc., los cuales, al decir de Prigogine, procuran "un magnífico acceso al puente que une estas problemáticas físicas con las de las ciencias sociales y humanas"[18]. De manera mucho más tajante y concreta, Prigogine considera que con el progreso de la termodinámica, que le permitió desarrollar su teoría de las «estructuras disipativas» y del «orden por fluctuaciones», "se cumplen las condiciones mínimas para que, sin un grosero contrasentido, podamos afirmar que la termodinámica describe la génesis propiamente histórica de estructuras activas; parece ser que, por primera vez, el objeto de la física ya no es radicalmente distinto al de las ciencias llamadas humanas y que, por consiguiente, es posible un intercambio real entre estas disciplinas. Así, en el estudio de las propiedades de estabilidad de los sistemas termodinámicos, la física podrá inspirarse en conceptos y métodos de las ciencias humanas, del mismo modo que éstas, en los modelos y en las matemáticas que comienzan a ponerse a punto"[19].

En la revisión que hemos tenido oportunidad de hacer, todavía en estado preliminar, del pensamiento de Prigogine y de otros autores, que derivan sus propuestas de los desarrollos de la teoría cuántica, hemos constatado que, con ellas, el modelo de análisis cultural descrito hasta el momento gana en capacidad explicativa, y que la aplicación de nuevos conceptos permite develar relaciones  y procesos que, hasta el grado de desarrollo en que se encuentra al finalizar el capítulo III, no son transparentes. De alguna manera, el modelo, construido sobre la base de la  conceptualización gramsciana, todavía se comporta  como una «caja negra». Sabemos cuáles son los  in puts  que lo alimentan y cuáles son algunas de las relaciones básicas que los rigen, pero todavía no nos dice nada sobre sus «modos de operación» y sobre las lógicas «finas» que explican su funcionamiento y determinan los límites dentro de los cuales se mantienen o se transforman las relaciones hegemónicas que lo regulan.

 

Sabemos, por ejemplo, que la complejidad del sistema global de cultura no puede ser descrita en un único campo de fases y que, en principio, se necesitarían tantos campos de fases como variables o parámetros entran en la configuración del modelo. Así, por ejemplo, habría un campo de fases que describiría el mapa de configuración de las bases sociales, otro para las condiciones materiales de existencia, uno más para los intereses y necesidades; y así, sucesivamente, para las concepciones del mundo, las instancias de articulación ideológica, etc., al interior de los cuales habría necesidad de definir parámetros más precisos y relaciones más complejas. Pero, a partir de allí, se requieren campos adicionales para examinar el despliegue de las relaciones entre bases sociales y condiciones materiales de existencia, entre bases sociales e intereses y necesidades, entre éstos y las concepciones del mundo, etc., pudiéndose llegar a definir campos para «cortes» cada vez más detallados, según los requerimientos del análisis. De aquí se derivan problemas teóricos y metodológicos relacionados con la necesidad de «integrar» estos campos para describir la estructura sistémica de las redes de configuración de los complejos culturales; y de indagar sobre las relaciones dinámicas que los rigen, para citar un caso que podría ser resuelto con este  nuevo enfoque.

 

Comentando un pasaje de René Thom —el matemático francés fundador de la «Teoría de las catástrofes»—, en el cual se refiere al tema de los intercambios entre las ciencias exactas y las ciencias humanas, Prigogine sugiere que el terreno en el cual se pueden encontrar "útilmente" las ciencias naturales y las ciencias humanas puede ser el de la "teoría de los sistemas, a condición de precisar considerablemente este término"[20]. Hemos recogido esta sugerencia para iniciar la sustentación de nuestra hipótesis, de que la cultura puede ser descrita en términos de «sistemas culturales complejos» y que estos sistemas, a su vez, pueden ser descritos como «estructuras  culturales disipativas», reguladas según los principios del «orden por fluctuaciones».

 

2.     La naturaleza compleja de los sistemas culturales

 

Hasta aquí, el modelo propuesto ha servido para aislar las categorías esenciales requeridas para definir la organización que describe la estructura de los sistemas culturales, y para mostrar las relaciones esenciales que se establecen entre ellas. Para tener una mejor aproximación a la complejidad de los sistemas culturales debemos imaginar estos diagramas en espacios de fases «enedimensionales» como los descritos por las ecuaciones no lineales. La diferencia entre estos dos modos de representación tal vez queda mejor ilustrada si se compara el eje vertical correspondiente a las bases sociales, tal como lo muestra el Diagrama 6, con lo que sería el detalle ampliado de cualquiera de sus segmentos, tal como lo muestra el Diagrama 28. En este último caso, el eje de las bases sociales muestra una estructura multidimensional, dinámica, de relaciones complejas, múltiples, complementarias, subsidiarias y diferenciadas, en la que no todas las bases sociales se relacionan por igual, existiendo la posibilidad de que algunas queden «aisladas» del complejo para unos efectos pero no para otros. Todo ésto, con el complemento de la «movilidad» de las bases sociales, que «entran» y «salen» del sistema de manera permanente, y que se «desplazan» por todo el conjunto integrado por las bases sociales, tanto hacia «arriba» como hacia «abajo», hacia «adentro» o hacia «afuera» de la estructura multidimensional. Si a esto agregamos las diferencias de «tamaño», de «origen», de «duración» o «permanencia», o la «localización», para citar algunos de los marcadores que las caracterizan, tendremos una idea aproximada de la complejidad del subsistema y del campo de fases que la describe.

 

Este ejemplo es aplicable a la estructura completa de la matriz. Los «ejes» o «parámetros», correspondientes a las condiciones materiales de existencia, los intereses y necesidades históricos y las concepciones del mundo, se constituyen con acuerdo al mismo patrón de complejidad, tal como se muestra en los Diagramas 29 y 30. Con ésto, queremos significar la naturaleza sistémica de los «complejos culturales dinámicos» y el hecho de que, en los diagramas, más importantes que las categorías, agrupadas en los ejes vertical y horizontal, son las relaciones entre ellas. Para decirlo metafóricamente, el campo de fases que describe la Cultura no tiene espacios vacíos; está atravesado por infinidad de fluctuaciones que regulan las relaciones entre los componentes del sistema (Ver Diagrama 31).

 

Como anotan Sardar y Ravetz, el tema de la «complejidad» o de los «sistemas complejos» se impuso durante la década de los 90, hasta el punto de que no se sabe bien si constituye sólo una moda o si tendrá un más firme impacto sobre nuestras concepciones en torno a cómo es y cómo opera el mundo que nos rodea. Esta duda se extiende a la consideración sobre si la «complejidad» sobrevivirá durante el siglo XXI o si será suplantada por otra moda o novedad y, lo que es, para efectos de este trabajo, más interesante, si este nuevo campo puede ser entendido como un intento para enriquecer la aproximación física con aportes de otras ciencias con alto nivel de integración, o si sólo es, justamente, la última y más sofisticada versión del imperialismo de la física sobre la ciencia[21].

Diagrama 28: Detalle ampliado de un segmento del parámetro Bases Sociales

 


Diagrama 29: Detalle ampliado de un segmento del parámetro Intereses y Necesidades

Diagrama 30: Detalle ampliado de un segmento del parámetro concepciones del Mundo


Diagrama 31: Estructura multidimensional del campo de fases de descripción de la Cultura


Sean o no legítimos estos interrogantes, lo cierto es que las nociones de «complejidad» y de «sistemas complejos» han nutrido desarrollos y aplicaciones en una enorme diversidad de campos de investigación que van desde la física y la biología hasta le economía y el urbanismo, pasando por el estudio de mercados, el diseño de barcos y edificios, el comportamiento de los fluidos, la propagación de enfermedades, la meteorología, la psicología y, la evolución histórica y el análisis de la cultura, para citar algunos de los reseñados en la literatura consultada[22]. Y, aunque estos conceptos no son nuevos en el análisis antropológico, su aplicación, en el contexto de la dinámica cuántica, si permite, al menos en lo que a nuestro trabajo se refiere, una ampliación de los límites de la reflexión y una aproximación a una metodología de análisis cultural que, hasta donde llegaba el modelo descrito por la conceptualización gramsciana, no era suficientemente clara.

 

Aunque alcanzamos a percibir que la diferencia de enfoques en torno a la naturaleza de los «sistemas complejos» lleva implícitas cuestiones de fondo —sobre por ejemplo, la validez universal de los principios de indeterminación e incertidumbre en las escalas micro y macroscópica, la acción de la flecha del tiempo, o la posibilidad  de unificar en un solo campo la teoría de la relatividad general para la gravitación con el electromagnetismo, frente a otras opciones como la «teoría de las supercuerdas heteróticas» propuesta por John Schwartz y André Neveu, en 1971[23]—, creemos que pueden ser dejadas de lado en este proceso de indagación preliminar sobre la posibilidad de sustentar y afianzar nuestra propuesta.

 

a.     Complejidad y campos de fases

 

Más arriba, hablamos de la matriz de producción de concepciones del mundo como un campo de fases que describe las estructuras que subyacen a los sistemas culturales. Para ello, adaptamos el concepto de «espacio de fases» desarrollado en las teorías de las singularidades de H. Whitney, René Thom y J. Mather, y en la teoría de la de la bifurcación de H. Poincaré y A. Andronov[24].

 

Desde esta perspectiva, por campo de fases entendemos el marco dentro del cual se despliega una estructura, o el conjunto dentro del cual se dan los procesos de construcción de realidad. Usamos el concepto de campo de fases en el sentido de "mapa imaginario" que describe el movimiento o despliegue de un sistema, en tantas dimensiones o variables como se necesiten para describir dicho movimiento[25]. El conjunto de diagramas que describe el modelo tiene la pretensión de ilustrar los campos de fases en los que se despliega la cultura, con la limitación de que dichos diagramas no muestran adecuadamente el carácter «multidimensional» de los procesos de producción de cultura, pues sugieren relaciones lineales y deterministas, teleológicas o de causa - efecto, al interior de los sistemas culturales, los cuales, por el contrario, son indeterminados, no lineales, aleatorios, complejos y dinámicos.

 

Así, el campo de fases (Cf1) que describe a la Cultura en general C, puede ser definido como el conjunto dentro del cual se dan los parámetros que determinan las formas de ser de la cultura en condiciones dadas de tiempo y lugar. Este campo está ubicado dentro del espacio de todos los sistemas o universo de realidad (Cf0), en el cual se ubican otros campos de fases (Cfn) como los que describen la política, la economía, la ciencia, la historia, la filosofía, la estética, la vida cotidiana, etc. La Cultura en general, opera entonces como una distinción lógica construida para dar cuenta de una forma de ser de la realidad. La Cultura proporciona una descripción de los procesos de realidad, diferente de la que pueden dar la política, la economía, la ética, etc., pero valiéndose de los mismos hechos (Ver el Diagrama 32). En los términos de los diagramas iniciales, el asunto se representaría, de manera aproximada, como se ilustra en el Diagrama 33, en el cual todo el modelo representaría a Cf1 = C, con el implícito de ser el resultado de todo el conjunto de relaciones descritas por la estructura que la soporta. En el mismo sentido, los «ejes» o «parámetros» que integran el modelo pueden ser considerados formas de expresión de Cfn.

Diagrama 32: Campo de fases de descripción de la cultura


Diagrama 33: Campo de fases de descripción de la estructura sistémica de la cultura


El campo de fases de descripción de la Cultura en general (Cf1), incluye todas sus posibilidades de manifestación, inclusive aquellas que no se realizan (como veremos más adelante: «ramas potenciales de la historia»). Las que se realizan, se dan como «estructuras» o «sistemas» que ocupan un «lugar» dentro del campo, el cual aparece, entonces, con límites que tienden a infinito. Desde esta perspectiva, las formas específicas asumidas por la Cultura (Cx) en su despliegue dinámico pueden ser descritas como estructuras realizadas dentro del campo de fases infinito de la cultura en general o, lo que es igual, como «estados del sistema» o «puntos del estado de fases», o «curvas de fase»"[26] de la Cultura, como se ilustra en el Diagrama 34. En el Diagrama 33, CE, CO y CP, serían formas de expresión de Cx.

En un artículo publicado en 1995[27], en el cual indicamos la aplicación de este modelo al análisis de las «culturas juveniles» (Cfx), veíamos como éstas podían  ser descritas como estructuras realizadas dentro del campo de fases infinito de la cultura en general o, lo que es igual, como estados del sistema o puntos del estado de fases, o curvas de fase de la cultura, (Cfx = Cf2 en el Diagrama 34). Y si se definen formas de ser concretas de las culturas juveniles, objetos culturales, como el rock, por ejemplo (C3), éstas pueden ser descritas como campos de fase realizados dentro del campo de fases infinito de las «culturas juveniles» Cf3 (Ver el Diagrama 35).

 

Que los campos de fases de las «culturas juveniles» y del «rock» tiendan a infinito significa que no hay límite para sus posibilidades de realización. Estas son inagotables. Tiene ilimitadas formas de concreción. No están predeterminadas. Cada forma concreta asumida por dichas estructuras puede ser interpretada, en términos de entropía, como una improbabilidad realizada. Un ejemplo de ello sería el siguiente: antes de que existiera el rock, en el contexto general de la cultura,  era infinitamente improbable que surgiera. Pero se realizó. La improbabilidad cambió su valor de infinito a cero. [OPC1] Y esta lógica puede ser aplicada a todas las formas de ser de la cultura, las cuales se comportan con arreglo a los principios de indeterminación e incertidumbre. En su nivel, dichas formas, para decirlo en lenguaje matemático, estarían descritas por ecuaciones con muchos «grados de libertad», tendrían infinitas posibilidades de solución, podrían tomar por


Diagrama 34: Culturas Juveniles


Diagrama 35: Cultura - Culturas juveniles - Rock


diferentes «ramas de la historia». Para los dos casos ilustrados el asunto se representa como se ve en los Diagramas 36 y 37.

 

Pero esta «lógica» sirve no sólo para entender cómo el Rock puede emerger como una de las infinitas variedades de la cultura sino, además, para explicar su enorme variabilidad, su desarrollo dinámico, múltiple, diferenciado, contradictorio, como el ilustrado por las variables "Punkera" y "Metalera", los «estilos» y «adaptaciones», la persistencia de algunas de sus formas y el agotamiento de otras, por ejemplo.

 

Este «campo de análisis»  (el de las “culturas juveniles”) opera como un «campo de fases» que  tiene las mismas características del campo que describe a la cultura en general o a sus campos relacionados: es heterogéneo y contradictorio, diverso, inestable, “híbrido” —como diría Canclini—, con múltiples atractores[28] que “jalan” procesos en sentidos no siempre coincidentes y generan zonas de calma y de baja intensidad y densidad que se superponen a otras de alta intensidad y densidad y dan origen a estructuras turbulentas de creciente complejidad.

 

Esto significa que las «culturas juveniles», y en general todas las formas de objetivación de la cultura, dependiendo de la escala en que se miren, son “opacas”. Se puede decir que existen disueltas en el espacio de todos los sistemas o universo de realidad; o que no existen por sí mismas, sino que se evidencian y hacen observables en las intersecciones que tienen con otros campos. Las «culturas juveniles» tienen una especie de existencia virtual. De ellas sólo se manifiestan sus “sombras” (el parche, la barra, la música, la moda, el pelo largo, el lenguaje; más exactamente, esta canción, esta palabra, este atuendo, este comportamiento), las cuales aparecen bajo la forma de objetos y hechos culturales que también sirven de “sombra” o otros campos: el de la «cultura urbana», por ejemplo. Las «culturas juveniles» están más allá de los objetos que las describen. Son, exactamente, los contextos de los objetos y hechos que les confieren sentido y las hacen reconocibles. De allí su complejidad y la dificultad para describirlas totalmente desde una sola perspectiva o desde una sola disciplina.

 

Para simplificar el asunto, diremos que todo los hechos culturales se inscriben dentro de procesos de construcción de realidad que generan «estructuras culturales» de carácter sistémico. Con ésto queremos decir que no hay hechos culturales aislados sino que cada uno de ellos se interrelaciona con los demás


Diagrama 36: Campo de fases de descripción de las culturas juveniles


Diagrama 37: Campo de fases de descripción del Rock


en el ámbito de la totalidad. El conocimiento de estas interrelaciones es el objeto de la teoría de las estructuras complejas, en la cual apoyamos esta reflexión.

 

b.     El carácter sistémico de las estructuras culturales

 

De acuerdo con lo anterior, las manifestaciones culturales concretas pueden ser descritas como un conjunto de «estructuras culturales» de carácter complejo, inscritas en el campo de fases de la cultura en general. Estas estructuras se caracterizan por su naturaleza sistémica y por el hecho de estar regidas por principios de indeterminación, incertidumbre, imprevisibilidad, improbabilidad, azar y caos, entre otros. Dichas estructuras se mantienen en equilibrio inestable tendiente al máximo valor entrópico (máximo valor de desorden de la estructura) y son afectadas por fluctuaciones internas y externas que, dependiendo de su magnitud e intensidad, pueden originar puntos de bifurcación que dan lugar a nuevas estructuras (cambios culturales o cambios de estado). En este contexto, los hechos y los objetos culturales son expresión de estructuras dinámicas caracterizadas por su complejidad, turbulencia e inestabilidad. A mayor complejidad mayor sensibilidad a las más leves fluctuaciones y mayor predisposición a la ocurrencia de hechos altamente improbables. De allí la apariencia caprichosa de las configuraciones culturales.

 

Las «estructuras culturales», en su condición de estructuras sistémicas, incorporan una serie de características que serán examinadas a continuación.

 

Sistemas «aislados», «cerrados» y «abiertos»

 

Dado el carácter sistémico de las «estructuras culturales», en lo que sigue haremos referencia a un sistema, entendiendo por tal la designación genérica de una estructura cultural cualquiera. En una definición simple de lo que es un sistema, Prigogine dice que es "una porción arbitraria del espacio"[29]. En nuestro caso, podemos extender el concepto y decir que un «sistema cultural» es una porción arbitraria de la cultura que puede ser definida como una estructura compleja dinámica.

 

En el análisis de los sistemas, el primer aspecto que debe considerarse es el de la distinción clásica entre sistemas aislados, cerrados y abiertos.

 

En el contexto de la termodinámica, Prigogine define los sistemas aislados  como aquellos que no pueden intercambiar materia ni energía con el mundo externo. En general, se trata de sistemas compuestos por unos pocos elementos asilados de lo que Prigogine llama la «contaminación exterior», por lo que resultan altamente ordenados y previsibles en su comportamiento. Los sistemas cerrados, por su parte, son aquellos que pueden intercambiar energía, pero no materia, con el mundo exterior. Y, los sistemas abiertos son aquellos susceptibles  de intercambiar materia y energía con el mundo externo. Estos últimos pueden existir bajo tres regímenes o estados diferentes: Primero, en condiciones de equilibrio caracterizadas por la uniformidad. Segundo, en condiciones tales que pequeñas fluctuaciones generan un pequeño desequilibrio, que difiere poco del estado de equilibrio y, tercero, en condiciones alejadas del equilibrio[30].

 

Esta clasificación de los sistemas es fundamental para comprender su comportamiento y para introducir el concepto de entropía, esencial para el análisis de las «estructuras complejas dinámicas».

 

La entropía

 

Como es sabido, el primer principio de la termodinámica establece que la energía no se crea ni se destruye sino que se conserva; lo que equivale a decir que la realidad, como expresión de diversas formas de ser de la energía, se puede entender como un conjunto de procesos de transferencia energética, dentro de un marco que permanece constante.

 

A diferencia de esto, el segundo principio establece que, en el caso de los sistemas aislados, las condiciones iniciales de organización de la energía que los determinan e identifican tienden, con el tiempo, a alcanzar su estado más probable, caracterizado por la «pérdida» del orden inicial, y el incremento espontáneo del desorden hasta su mayor valor, el desorden total o estado de equilibrio termodinámico. La función que describe este incremento espontáneo del desorden fue llamada entropía, por el físico alemán Rudolf Emmanuel Clausius, para referirla al proceso de degradación de la energía, observado por Carnot en las máquinas térmicas, que se traducía en pérdida del rendimiento por el hecho de que una parte de la fuente de energía utilizada para convertir el calor en movimiento, y por tanto en trabajo, desaparece sin retorno ("ninguna máquina térmica restituirá al mundo el carbón que ha utilizado"). En otras palabras, Clusius intenta responder la pregunta de Carnot sobre «¿Qué máquina tendrá el rendimiento ideal? ¿Cuáles son las fuentes de las pérdidas ¿Qué procesos tienen como consecuencia que el calor fluya sin producir trabajo?»[31].

 

Pero su generalización, es decir su posibilidad de aplicación a un modelo más universal, capaz de describir otros fenómenos, se debe al físico austriaco Ludwig Boltzman, quien la expresó en términos probabilísticos. Como señala Escarpit, "el aumento de entropía describe la evolución de un orden diferenciado hacia un desorden indiferenciado o, si se prefiere, de una previsibilidad cuantificada a una imprevisibilidad aleatoria"[32].

 

Como señalan Prigogine y Stengers, el primer efecto de estas consideraciones consiste en que para los sistemas aislados existe un proceso que los lleva, invariablemente, hacia el equilibrio, es decir, hacia un estado de máxima entropía en el cual puede darse ya ningún proceso productor de entropía. Una vez alcanzado este estado, el cual actúa como «estado atractor», el sistema fluctuará a su alrededor, alejándose de él sólo por tiempos y distancias muy pequeños. Con esto, los autores dejan establecida la diferencia entre sistemas que se mantienen en equilibrio y sistemas que se alejan del equilibrio o que se mantienen en condiciones de no-equilibrio. Por otra parte, afirman que la tendencia hacia el equilibrio es una característica inherente a la naturaleza de los sistemas aislados que se diferencian de los sistemas dinámicos complejos (cerrados y abiertos) que evolucionan hacia nuevos estados. Esta característica es ilustrada con la relación entre Boltzman y Darwin, de cuyos descubrimientos similares se derivan conclusiones distintas, aunque igualmente válidas[33].

 

Resaltamos el hecho de que el aumento de la entropía está relacionado con el "abandono" de las "condiciones iniciales" del sistema, con la "perdida" de su organización inicial, con su indiferenciación y, por tanto, con su pérdida de identidad. Pero en la realidad ocurre algo diferente. La mayoría de los sistemas son cerrados o abiertos; es decir, establecen relaciones de intercambio, en principio de materia y/o energía, con el contexto. Y esto genera la posibilidad de distinguir entre producción y flujo de entropía. La producción de entropía se refiere a la tendencia al aumento del desorden al interior de un sistema, y el flujo a su intercambio con el mundo externo al sistema.[34]

 

 En el lenguaje de la termodinámica, la entropía se designa como S, y describe procesos irreversibles. La variación de entropía se designa como dS. La producción de entropía, debida a procesos irreversibles "dentro" del sistema se designa como dis y el «flujo» o intercambio de entropía con el contexto o mundo externo, "el conjunto de transformaciones del sistema determinadas por los flujos de intercambio con el medio y que pueden ser anulados por una inversión de esos flujos", como des. La entropía del sistema, dis, siempre es mayor o igual a cero, mientras que para un sistema aislado, des es igual a cero. Por esta razón la entropía siempre aumenta indefinidamente en él. De este modo, dS = dis + des los cuales tienen propiedades diferentes. Mientras el primero sólo puede indicar un aumento de la entropía con el curso del tiempo o su conversión en una magnitud constante, y en tal sentido refiere a procesos irreversibles, el segundo es independiente de la dirección del tiempo y signo, positivo o negativo, depende del sentido de los intercambios son el medio.

 

Por tal razón, lo que caracteriza a los sistemas dinámicos es, precisamente, su relación con el contexto, el intercambio de fluctuaciones con el mundo externo que hace que des pueda ser diferente de cero. La existencia de intercambios con el contexto no anula el principio de aumento de la entropía, sólo hace que ésta se disipe, con mayor o menor velocidad, en el entorno, pudiéndose dar el caso de ocurrencia de eventos altamente improbables.

 

La «neg-entropía»

 

El concepto de entropía, en el contexto de la dinámica cuántica ha servido para modificar radicalmente nuestra concepción sobre los procesos de producción de realidad. Una generalización del principio del aumento constante de la entropía llevaría a la consideración de que el universo tiende a colapsar, a indiferenciarse y, por esta vía, a suprimir y anular sus formas específicas de organización en galaxias, nebulosas, estrellas, planetas, etc., siempre y cuando lo consideremos como un «sistema aislado». No obstante, a pesar de la tendencia, lo que se observa es un proceso dinámico constante de creación y destrucción que da lugar a nuevas estructuras y la desaparición de algunas de las ya existentes, como de manera concluyente ha sido demostrado por la biología. Esto significa que existe una forma de "eludir" el incremento positivo de la entropía, de "escapar" a "la muerte" de los sistemas. Esta forma está dada por las transferencias de entropía entre los sistemas y sus entornos en el marco de un proceso que se ha denominado neg-entropía.

 

De acuerdo con este principio, todas las formas asumidas por la realidad, incluyendo los sistemas culturales, son entidades neg-entrópicas o antientrópicas, que deben su existencia al hecho de que han "escapado" a la ocurrencia del evento más probable al cual tiende la evolución del macrosistema: el equilibrio tipificado por su mayor grado de desorden posible. Visto desde otra perspectiva, lo anterior quiere decir que las formas de objetivación de la realidad, las realidades concretas, valga la redundancia, pueden ser descritas como «improbabilidades realizadas». La vida y la evolución serían hechos neg-entrópicos. Antes de que existiera la vida era altamente improbable que se diera, pero una vez dada, el valor de esa improbabilidad, que inicialmente tendía a infinito, cae a cero. De esta manera, la imagen de un mundo ordenado, equilibrado, construido a partir de la ocurrencia de los eventos más probables, queda sustituida por otra más sugestiva y atrayente, también más próxima a la "lógica cuántica" de la incertidumbre y la indeterminación, de un mundo integrado por «improbabilidades realizadas» con intervención del azar y el caos. Sólo así puede ser entendida la verdadera dimensión de la maravilla implícita en la realidad y de la complejidad (intervención conjunta de azar y necesidad) a la que responde la ocurrencia de todos los hechos, inclusive los más elementales y sencillos.

 

Cultura y entropía

 

En el caso de la cultura, desde luego, la existencia de sistemas completamente aislados está descartada. Sin embargo, resulta útil advertir que se pueden encontrar «sistemas culturales aislados», como los descritos por la etnología y la etnografía clásicas, poco susceptibles al cambio y a la transformación, que persisten durante largos períodos de tiempo en condiciones de equilibrio próximas a la inmovilidad, llegando, inclusive, a colapsar. En las condiciones de la cultura contemporánea, ciertas formas de organización de la cultura como las ilustradas por las sectas presentan comportamientos próximos a los descritos por los «sistemas aislados». Pero en general, podemos afirmar que los «sistemas culturales» y los hechos culturales mismos —que funcionan como «sistemas abiertos»—, son entidades neg-entrópicas que pueden ser concebidas como «improbabilidades realizadas».

 

Este hecho se desprende del llamado «principio de orden de Boltzman», del cual se desprende que, "para los sistemas compuestos de un gran número de partículas, todo estado diferente de la equipartición puede así ser calificado de muy improbable". Un ejemplo clásico de ésto consiste en imaginar el conjunto de granos de arena que constituyen una playa y preguntarse cuál es la probabilidad que tiene cada uno de los granos de quedar incluido en una hipotética huella de "algo" que caiga sobre la playa; la huella de un pie, de alguien que, por cualquier circunstancia, pise la playa, por ejemplo. En principio, todos los granos tienen la misma probabilidad; es decir, están en estado de «equiprobabilidad». Pero, por otra parte, para cada grano en particular, es altamente improbable quedar incluido en la huella. Algo así como que los granos que finalmente quedaran incluidos en ella tendrían que estar «muy de malas», o tener «más suerte» que los demás, según la valoración que se le dé al evento. Desde esta perspectiva, la equiprobabilidad coincide con el hecho de que la improbabilidad de quedar incluido en la huella tienda a infinito para cada grano. Pero cuando "alguien" pisa la playa y unos granos quedan dentro de la huella (granos A) y otros fuera de ella (granos B), la improbabilidad de los granos A cayó de infinito a cero y su probabilidad pasó a su valor máximo, uno, por ejemplo, mientras que la probabilidad de los granos B cayó a cero y su improbabilidad alcanzó su máximo valor, uno, por ejemplo. En este ejemplo son significativos tanto el hecho de quedar dentro o fuera de la huella, como el que la huella sea de un pie humano y no de cualquier otra cosa, pues este último evento cambiaría la naturaleza de la «cosa» producida. Imaginemos, sólo para abundar en el tema, el mismo ejemplo aplicado a la producción de una obra musical, de una pintura, del nacimiento de una persona, de la ocurrencia de un hecho cualquiera, y veremos que aplica para cualquier circunstancia. Desde luego, en todos los casos, incluido el ejemplo de la playa, la ocurrencia del evento no es independiente del tipo específico de relaciones establecidas entre el sistema y su entorno, pues algo va de una playa localizada en un centro turístico continental a una ubicada en una remota isla en medio del océano[35].

 

Robert Escarpit es uno de los autores que manifiesta abiertamente su escepticismo frente a la posibilidad de aplicar, con rigor científico, las nociones de entropía y neg-entropía en las ciencias sociales. Sin embargo, no sólo no cierra esta posibilidad sino que, reconoce intentos válidos de aproximación y formula, él mismo, una línea de aplicación en su teoría de la información[36]. Además, en los poco más de veinte años transcurridos desde estas afirmaciones de Escarpit, sin duda, se ha avanzado en la dirección por él señalada. Como hemos dicho más arriba, y como señala O'Connor, "un amplio rango de técnicas ha sido desarrollado en años recientes para modelar o simular las trayectorias de cambios repentinos e irreversibles en sistemas sociales y naturales. Ejemplos de ello son el uso de la bifurcación, el caos matemático y la teoría de catástrofes. Estas técnicas, cuyo distintivo es la insistencia en el fenómeno del cambio y en la imprevisibilidad inherente (inherent unpredictability) en la evolución de los sistemas, han nacido en una cultura que, en general, está profundamente preocupada con la certeza y la predicción o conocimiento previo (foreknowledge)"[37]. En nuestro medio, empiezan a circular ya informes de investigación que aplican metodologías y enfoques como los mencionados por O'Connor, que muestran claramente su utilidad y pertinencia en el análisis social y que, sin duda, pueden ser considerados como ejemplos de análisis cultural[38].

 

Sistema y entorno

 

Con base en lo anterior, podemos afirmar que la característica básica de las «estructuras culturales complejas», concebidas como estructuras sistémicas, consiste en que no existen aisladas del entorno. En la medida en que no es posible concebir un sistema sin contexto, tampoco es concebible la idea de una «estructura cultural» sin entorno.

 

En los diagramas que ilustran nuestro modelo (Diagramas 32 a 37), las relaciones entre Cf0, Cf1, Cf2 y Cf3, designan, específicamente, relaciones entre sistemas y sus contextos. La Cultura como sistema tiene al universo de realidad como contexto; las «culturas juveniles» tienen a la Cultura como «contexto cercano» y al universo de realidad como «contexto lejano», y así sucesivamente. Pero también podemos decir que las bases sociales, las condiciones materiales de existencia, los intereses y necesidades, las concepciones del mundo, las instancias de articulación ideológica, los bloques ideológicos, los bloques sociales, los bloques hegemónicos, los bloques culturales, el sentido común, las culturas populares, etc., pueden ser concebidos como «estructuras sistémicas» independientes pero correlacionadas que muestran un comportamiento coherente, cumpliendo así con una de las características atribuidas a la teoría de sistemas[39].

 

Este hecho plantea de manera inmediata dos características adicionales de las estructuras sistémicas, a saber: el intercambio de fluctuaciones entre sistemas y entornos, y la existencia de subsistemas que se relacionan entre sí como sistemas con sus entornos.

 

Las fluctuaciones

 

Entendemos por fluctuaciones las variaciones producidas en los intercambios de materia, energía o información que se dan entre los sistemas y sus entornos y entre los componentes de un sistema o subsistemas. De esta manera, el comportamiento de las estructuras sistémicas depende del comportamiento de las fluctuaciones que tipifican los «estados del sistema» o «curvas de fase» que lo describen.

 

Gell-Mann proporciona una caracterización muy interesante de las fluctuaciones que muestra su importancia en el dominio de la evolución de los sistemas complejos adaptativos. La potencia de su definición consiste en que las considera como "excursiones fuera del determinismo" que proporcionan "el elemento aleatorio" que se opone a la "regularidad" y rige la dinámica de dichos sistemas[40].

 

El Diagrama 38 muestra la relación entre un sistema cualquiera Cx = E y un contexto Cn = C —los cuales también pueden operar en sentido inverso; es decir como E igual a contexto de C—, que para nuestro caso puede ser cualquiera de las relaciones entre uno de  los «ejes» del modelo y el modelo total, o entre un «eje» con otro u otros, mediante las fluctuaciones F, como se detalla en el Diagrama 39 que ilustra la relación entre un sistema y sus subsistemas. Pero, adicionalmente, en este diagrama queremos llamar la atención sobre lo dicho más arriba a propósito de la entropía, en el sentido de que las fluctuaciones son formas de intercambio, «flujo», de entropía, (des). Los cambios de magnitud presentados por des expresan cambios en la magnitud o en la intensidad de las fluctuaciones que pueden alterar no sólo la relación entre sistemas sino la estructura de los sistemas culturales mismos.

 

En últimas, las fluctuaciones son las responsables de conferirle el carácter dinámico a las estructuras complejas, y de introducir los factores de diferenciación entre los diferentes estados que pueden presentar los sistemas abiertos: los estados de equilibrio, de «cuasi» equilibrio, y los estados alejados del equilibrio.

 

En los «sistemas en equilibrio» los flujos y las fuerzas, originadas dentro del sistema o provenientes del entorno, se neutralizan mutuamente, produciendo una situación estable dentro del sistema que impide su evolución más allá de cierto punto. El ejemplo clásico de sistemas en equilibrio son los cristales.

 

Los sistemas en «cuasi» equilibrio, típicos de los comportamientos regulares de los sistemas culturales, se caracterizan por la presencia de pequeñas fluctuaciones, tanto al interior de los sistemas como en su relación con los contextos, que se desvanecen con el tiempo. La entropía del sistema tiende al máximo, pero la magnitud de des se hace mayor que cero, hasta un valor que iguale el incremento de dis, con lo que la condición de equilibrio no se altera. Y en caso de que lo haga; es decir, en caso de que se produzcan fluctuaciones que lo alteren y permanezcan durante un período de tiempo suficientemente largo, el estado de no-equilibrio se hace estacionario. Un ejemplo típico de este tipo de sistemas lo proporcionan las estructuras que


Diagrama 38: Fluctuaciones y relación sistema - contexto


Diagrama 39: Relaciones entre sistema y subsistemas


soportan la permanencia o duración de un producto en el mercado, la generación de estándares estéticos en el arte, ciertas formas de "consolidación temporal" de giros y expresiones en el lenguaje. En las condiciones establecidas para nuestro modelo, los diagramas que ilustran lo que hemos llamado las condiciones de equilibrio en la correlación de fuerzas (especialmente el Diagrama 14), son expresión de este estado de los sistemas. En general, se trata de sistemas afectados por fluctuaciones "pequeñas", de "corta duración" o de "baja intensidad" que, como señala Prigogine, describen un mundo fundamentalmente homeostático que, en general, es el nivel de «escala» o «resolución» en el que percibimos el mundo que nos rodea[41].

 

En este tipo de estado de los sistemas se percibe claramente la diferencia entre sistemas simples y sistemas complejos, en la medida en que los primeros son menos susceptibles que los segundos a la incidencia de las fluctuaciones, en particular las provenientes del entorno. Los sistemas simples tienden al equilibrio mientras los complejos tienden a la inestabilidad. Esto, por cuanto los primeros tienen más claramente definidas sus fronteras con el entorno que los segundos. De esta  manera pueden "rechazar" o "defenderse" con más facilidad de las fluctuaciones que "atenten" contra su estabilidad. En general, la "actitud" de los sistemas, frente a la presencia de fluctuaciones, "grandes" o "pequeñas", es a "defenderse" de ellas mientras "averiguan" qué tanto los pueden "dañar". Si la fluctuación no es desestructurante, "la dejan pasar", de lo contrario, "la rechazan"[42]. (El Diagrama 40 muestra esta situación).

 

Por el contrario, a mayor complejidad de las estructuras, mayor indefinición de sus fronteras con el entorno, razón por la cual identifican con menor facilidad las fluctuaciones que provienen de éste. En consecuencia, existe una relación de proporcionalidad directa, que puede llegar a ser geométrica, entre el grado cada vez mayor de complejidad de las estructuras culturales y el grado cada vez mayor de susceptibilidad de éstas a las más pequeñas y débiles


Diagrama 40: Sistemas simples y defensa a fluctuaciones,


 aún las provenientes de contextos cada vez más lejanos. (Ver el Diagrama 41).

 

Fenómenos como la globalización, la masificación, y la tecnologización de la cultura quedarían inscritos dentro de este principio. Las estructuras culturales contemporáneas son más susceptibles hoy a las más leves fluctuaciones producidas en los entornos más lejanos, de lo que eran en el pasado. La velocidad creciente de transformación de las «estructuras culturales» contemporáneas confirma este planteamiento. Estas condiciones son, precisamente, las que caracterizan los estados sistémicos que se configuran en condiciones alejadas del equilibrio, los cuales tipifican las estructuras culturales más atrayentes y significativas, pues son las que dan cuenta de los procesos dinámicos de cambio. Según Prigogine, en las situaciones alejadas del equilibrio las fluctuaciones se amplifican y finalmente modifican el patrón del sistema, dando lugar al surgimiento de un nuevo tipo de orden llamado «orden por fluctuaciones» que rige un nuevo tipo de estructuras complejas llamadas «estructuras disipativas»[43].

 

3.     Las estructuras culturales disipativas y el orden por fluctuaciones

 

No resulta difícil sustentar el hecho de que el modelo descrito en nuestros diagramas corresponde al de un macrosistema abierto, de alta complejidad, que se individualiza sólo en la medida en que, arbitrariamente, lo definimos como un subsistema que integra el universo de producción de realidad (relación Cf0 C1), del mismo modo que podríamos hacerlo para la identificación del subsistema político o económico. Tampoco es difícil imaginar que dichos subsistemas intercambian fluctuaciones de manera permanente y que, en tanto distinciones lógicas arbitrarias, comparten sectores de realidad que pueden constituir el substrato sobre el cual se construyen los campos de fase que los describen. Esto quiere decir que la posibilidad de descripción está ligada a la capacidad de identificación e integración de las múltiples dimensiones que convergen en los campos (campos de fases «multidimensionales» o «enedimensionales»). También es


Diagrama 41: Sistemas complejos y susceptibilidad a las fluctuaciones


evidente que los componentes del modelo, «ejes» o «parámetros», actúan como subsistemas independientes, que reproducen «fractalmente» la estructura mayor, pero que guardan coherencia holística. Se descarta, desde luego, cualquier discusión que pretenda negar la existencia de fluctuaciones entre los subsistemas (una modificación en la estructura de las condiciones materiales de existencia de una base social dada, puede afectar, en algún grado, la estructura del bloque social al cual está integrada y puede llegar, inclusive, a modificar el estado de la correlación de fuerzas).

 

El modelo implica altos niveles de producción de entropía en cada uno de los subsistemas, lo cual significa que cada uno de ellos tiende a incrementar su desorden. Pero, al mismo tiempo, refleja un alto nivel de «flujos» de entropía entre los subsistemas y con el universo de realidad o contexto mayor, sin que ello implique que se alcance a compensar el total de entropía producida, ocasionando una tendencia general al aumento de la entropía global del macrosistema. La «tensión» entre la entropía producida en cada subsistema y a nivel global, y los «flujos» entre subsistemas y entre el macrosistema y el universo de realidad, generan la neg-entropía necesaria para concretar la producción permanente de hechos culturales en todos los niveles.

 

En general, los diagramas describen el estado de equilibrio del modelo para poder ilustrar las relaciones básicas entre los componentes, pero es claro, como se empieza a mostrar en los Diagramas 15 y 16 y 18 a 21, que los estados reales son de «cuasi equilibrio», en condiciones generales de un sistema global que se mantiene «lejos del equilibrio». De allí que podamos sugerir, razonablemente, que las estructuras culturales puedan ser descritas como estructuras disipativas.

 

Adicionalmente, este planteamiento se sustenta en la idea de Prigogine de que las estructuras biológicas y sociales deben entenderse como fenómenos que resultan influenciados por el entorno y que, a la vez, actúan sobre él; y como fenómenos que se producen espontáneamente en sistemas abiertos mantenidos en condiciones muy distintas del equilibrio[44].

 

Pero existe, además, una razón de orden teórico específico que valida nuestro propósito de aproximar el análisis cultural al terreno definido por la teoría y los métodos de investigación de las estructuras disipativas. Esta razón tiene que ver con el hecho de que la posibilidad de generalización de esta teoría ha sido potenciada por el desarrollo de modelos teóricos simples, de carácter numérico, con un amplio rango de aplicación, más allá de la biología, la física y la química. En particular, Prigogine y un grupo de investigadores han trabajado en un modelo conocido como «Bruselador», el cual "ha permitido poner en evidencia la impresionante variedad de los fenómenos de organización"[45]

 

a.     Las estructuras disipativas

 

Desde el punto de vista teórico, una «estructura disipativa» es un nuevo tipo de orden que se origina por amplificación de fluctuaciones, a partir de un sistema que ha sido llevado «muy lejos» de su estado de equilibrio. Esta definición, aparentemente sencilla, representa, no obstante, un contraste radical frente a la concepción clásica determinista, según la cual el paradigma de organización del universo estaría representado por sistemas "ordenados", predecibles, alejados del caos y el desorden, cualidades todas que se resumirían en el estado de equilibrio. Lejos de él, los sistemas sólo podían "enloquecer" y destruirse.

 

El segundo principio de la termodinámica, que establece el aumento de entropía al interior de los sistemas, se encargó, como ya se dijo, de romper con esta idea, al demostrar que el estado de equilibrio correspondía a la muerte del sistema. Sobre esta base, los sistemas complejos se definieron como entidades que mantienen su estabilidad en virtud de fluctuaciones en puntos «próximos» al estado de equilibrio; situación que configura estados de «equilibrio inestable» o de «desequilibrio estable», como modos de ser típicos de los sistemas. A este respecto resulta particularmente importante la anotación de Prigogine y Stengers en el sentido de la «estabilidad» no constituye, propiamente, un "atributo de un estado" sino que es "el resultado de un examen que concluye en una regresión de todas las fluctuaciones posibles", de tal modo que un sistema se calificará como «inestable» si dicho análisis "revela que ciertas fluctuaciones, en vez de amortiguarse, se amplifican e invaden todo el sistema, forzándole a evolucionar hacia un nuevo régimen que puede ser cualitativamente bastante diferente de los estados estacionarios que corresponden a un mínimo de producción de entropía"[46].

Pero, adicionalmente, los desarrollos del segundo principio mostraron que a la inercia y a la desorganización de los estados próximos al equilibrio se opone, "más allá del umbral de la inestabilidad", el fenómeno de la «autoorganización» o actividad espontánea y diferenciada en el tiempo y en el espacio, que puede adoptar formas de organización disipativa muy diversas[47]. Estas formas de organización son las «estructuras disipativas»[48].

 

En sí, la descripción de las «estructuras disipativas» es bastante simple. En principio, son ejemplo de desequilibrio y autoorganización; son sistemas abiertos que absorben energía externa y producen entropía que disipan en el contexto o entorno. Por eso, la condición básica de su existencia es el flujo de fluctuaciones con el medio externo; sin él, la estructura disipativa alcanza su máximo valor entrópico y desaparece, entra en estado de equilibrio, deviene indiferenciada, se "desindividualiza", desaparece[49]. En este hecho, como anotan Briggs y Peat, está contenida una paradoja: "La disipación sugiere caos y disolución; la estructura es su opuesto. Las estructuras disipativas son sistemas capaces de mantener su identidad sólo si permanecen continuamente abiertos a los flujos del medio ambiente."[50]

 

Otro aspecto relacionado con las «estructuras disipativas» es el relativo a su «tamaño». Ya habíamos hecho referencia a esto más arriba, cuando hablamos de la incidencia que podía tener el «tamaño» de las bases sociales en la determinación de su grado de complejidad. En general, los sistemas «pequeños» tienden a ser determinados por las condiciones impuestas por el entorno, hecho que dificulta la ampliación de las fluctuaciones generadas dentro del sistema. Por esta razón, para posibilitar la generación del régimen de inestabilidad necesario para que se dé la autoorganización, se requiere rebasar una "cierta dimensión espacial crítica", a partir de la cual el sistema podrá adquirir "un grado de autonomía respecto al mundo externo", que le permita "optar entre varias soluciones posibles."[51]

 

Una última característica que queremos resaltar, la cual también fue mencionada cuando hablamos de la «coherencia holística» observable entre los «ejes», y en general entre todos los elementos integrantes del modelo, es el de la «coherencia» de las «estructuras disipativas». Esta coherencia significa que el sistema se comporta como un todo, "como si fuese el seno de fuerzas de largo alcance", como si  cada parte "estuviese «informada» del estado global del sistema". En este punto la posición de Prigogine es cautelosa pero firme. En la polémica entre los partidarios de la predominancia de las partes sobre el todo, o de éste sobre aquellas, propone una posición "más «equilibrada» de los papeles respectivos de las partes y de los parámetros macroscópicos que definen el sistema como un «todo»", pero  es categórico al afirmar que en las estructuras disipativas debe «invalidarse» la ley de los grandes números que sustenta el «principio de orden de Boltzman», según el cual "la actividad media de una gran población corresponde a la media de los comportamientos individuales". El argumento para demostrar esta afirmación es el siguiente: Según la ley de los grandes números, cuando un sistema es lo bastante grande, se puede hacer una distinción entre los valores medios y las fluctuaciones y, en consecuencia, es posible definir a estas últimas como despreciables. Esta situación, válida para los sistemas que no sean «estructuras disipativas» es la que hace posible las previsiones físicas, sociales o económicas de tipo determinista, pues si las fluctuaciones no fueran despreciables y pudieran, en todo momento, amplificarse hasta modificar el orden del sistema, no permitirían caracterizar, precisamente, el estado que se desea medir como "medio". En el caso de las «estructuras disipativas», por el contrario, si se desprecian las fluctuaciones, no habrá lugar para la amplificación y para la inestabilidad requeridas para su surgimiento.[52]

 

b.     Orden por fluctuaciones

 

La importancia del descubrimiento de las «estructuras disipativas», por el que Prigogine recibió el Premio Nobel de Química en 1977, consiste, pues, en haber demostrado que en los sistemas alejados del equilibrio no sólo se desintegran los sistemas, sino que emergen sistemas nuevos. Estas estructuras, por así decirlo, proporcionan una nueva explicación a los problemas planteados en análisis de la evolución o cambio de las organizaciones, de las transformaciones de estado de los sistemas, de su devenir. Esta nueva explicación toma cuerpo en lo que se puede llamar el principio del «orden por fluctuaciones».

 

El principio traduce literalmente lo que ocurre en la génesis de las estructuras disipativas o procesos de autoorganización, pues se refiere al hecho de que "cuando, en vez de desaparecer, una fluctuación aumenta dentro de un sistema, más allá del umbral crítico de estabilidad, el sistema experimenta una transformación profunda, adopta un modo de funcionamiento completamente distinto, estructurado en el tiempo y en el espacio, funcionalmente organizado". Por esta razón Prigogine denomina «orden por fluctuaciones» a este nuevo tipo de "orden generado por el estado de no-equilibrio". De allí su definición de estructura disipativa como la fluctuación amplificada, gigante, estabilizada por las interacciones con el medio".[53]

 

Y ha sido precisamente en este dominio del estudio del «orden por fluctuaciones» en el que las nuevas teorías y  técnicas, especialmente matemáticas, han desarrollado sus más interesantes aplicaciones[54].

En realidad, el «secreto» de las «estructuras disipativas» sólo se devela en el análisis de los mecanismos de amplificación de las fluctuaciones y en la determinación de los puntos de ruptura localizados en la zona inestable de fluctuación, lejos del estado de equilibrio.

 

Catástrofes, bifurcaciones y atractores

 

Como vimos, las relaciones entre sistema entorno, reguladas por las fluctuaciones que se establecen entre ambas, se tipifican como relaciones que mantienen las estructuras en condiciones de equilibrio inestable o de desequilibrio estable. En ningún caso las relaciones son armónicas y equilibradas. Esto significa que las «estructuras culturales» tienden a fluctuar dentro los límites del sistema, dependiendo de las relaciones con el contexto. Dentro de los límites del equilibrio, varían su estado de modo permanente, ya qu