III.                 HEGEMONIA Y CULTURA: LA NATURALEZA POLITICA DE LOS HECHOS CULTURALES

 

 

A la luz de lo dicho hasta ahora, resulta evidente que el modelo describe cómo funciona una matriz de producción de cultura, con base en las relaciones de dominación y subordinación que se establecen entre las bases sociales que constituyen el sistema. Si, como quedó dicho en el capítulo anterior, la regulación del modelo se da por los tipos específicos de correlación de fuerzas en que entran las bases sociales, entonces la cultura debe analizarse como un conjunto de hechos de naturaleza esencialmente política. Tal es el sentido de inscribir la red de categorías propuestas en el esquema "bases sociales dominantes - bases sociales subordinadas".

 

Sin embargo, la relación de dominación y subordinación debe ser aclarada, sobre todo porque el concepto de «dominación» no describe a cabalidad lo que realmente ocurre en la producción de hechos culturales. En la literatura marxista, las contradicciones entre las clases sociales se dan en el esquema «clases dominantes - clases dominadas», dando lugar a la idea de que la «dominación de clase» expresa, en todos los ámbitos de las relaciones sociales, «opresión» de la burguesía sobre las demás clases, especialmente sobre el proletariado. En este esquema, la cultura se explica inscrita en la relación entre «cultura dominante - cultura dominada», o «cultura opresora - cultura oprimida». Así, la cultura se convierte, a su vez, en un instrumento para el ejercicio de dominación y opresión de unas clases sobre otras.

 

A diferencia de esto, como quedó establecido en los capítulos anteriores, nuestro punto de vista acepta la existencia de las clases sociales y reconoce que la cultura está informada por contenidos de clase. Pero, también entiende que las relaciones sociales son multiclasistas y que la cultura no es una excepción a este hecho. Por el contrario, partimos de la premisa de que los hechos culturales y  sus procesos de producción son, esencialmente pluriclasistas. Por eso, valga recordar, en el modelo, de manera intencional, no utilizamos el concepto de clases sociales, sino que lo hemos sustituido por el más genérico e indeterminado de bases sociales[1].

Hasta hora, el esquema de relaciones entre las bases sociales se ha mostrado tal como aparece en la condición ideal de equilibrio: un grupo de bases sociales que configuran el campo de los estratos «dominantes» y otro que configura el campo de los estratos «subordinados», diferenciados a partir de la línea media de correlación de fuerzas. Este modelo ilustra las condiciones ideales de equilibrio, dentro de las cuales, las instancias de articulación ideológica y las instancias de articulación cultural requlan las contradicciones y las mantienen dentro de los límites de tolerancia del sistema. Esto significa la existencia de un sistema cultural que reduce la contradicción al mínimo por integración de los intereses y necesidades de los estratos subordinados a los intereses y necesidades de los estratos «dominantes», con lo cual se configura un cuadro de ejercicio de la hegemonía de los primeros sobre los segundos: Todo el sistema cultural se regula, por así decirlo, con la ideología de las bases sociales dominantes. De allí que, a esta altura de la reflexión resulte más adecuado sustituir la noción de «dominación» por la de hegemonía. El examen de ésta última dirá por qué.

 

1.     Heterogeneidad de las bases sociales

 

Más arriba definimos una base social "como un grupo heterogéneo de individuos que puede ser significativamente agrupable porque comparten, total o parcialmente, unas determinadas condiciones materiales de existencia, unos intereses y necesidades históricos específicos, ligados a dichas condiciones de existencia, y una concepción o un conjunto de concepciones del mundo que se corresponde con tales condiciones e intereses".

 

En el diagrama que describe las condiciones de equilibrio del sistema, las bases sociales se agruparon en dos campos: bases sociales dominantes y bases sociales subordinadas. Pero también se llamó la atención sobre el hecho de que, al interior de cada uno de estos campos, existían diferencias y, aún, contradicciones. En realidad, la estructura de los sistemas de agrupación de las bases sociales puede ser descrita como una estructura fractal. Esto significa que al interior de cada uno de los campos: «dominante» y «subordinado», se repite la misma lógica de dominación y subordinación que caracteriza a todo el sistema y, por lo tanto, es posible distinguir diferencias de grado y de contenido entre las bases sociales que pertenecen a cada uno de esos campos.

 

Para decirlo en palabras más sencillas, las relaciones de dominación u subordinación se reproducen al interior de cada campo haciendo que existan Bases Sociales Dominantes-Dominantes BSDd, Bases Sociales Dominantes- Medias BSDm y Bases Sociales Dominantes-Subordinados BSDs. Del mismo modo, se pueden distinguir Bases Sociales Subordinadas-Dominantes: BSSd, Bases Sociales Subordinadas-Medias: BSSm y Bases Sociales Subordinadas-Subordinadas: BSss, con sus equivalencias en los ejes restantes del diagrama. Debe quedar claro que esta condición de los estratos no es siempre permanente. Determinadas bases son dominantes en unos momentos y en unos lugares, y para ciertos efectos; y subordinadas en otros momentos y lugares, y para otros efectos. De allí su carácter heterogéneo y dinámico respecto de la función que cumplen en la determinación de los sistemas culturales.

 

El Diagrama 8 ilustra los dos campos correspondientes al dominio de los «dominantes» y al de los «subordinados». 

El Diagrama 9 muestra el campo correspondiente a las bases sociales medias de un determinado sistema cultural en condiciones de equilibrio en la correlación de fuerzas.

El Diagrama 10 ilustra la estructura fractal correspondiente a las bases sociales dominantes. En esta estructura se ve claramente que existen bases sociales dominantes dominantes  y bases sociales dominantes subordinadas.


Diagrama 8: Bases sociales dominantes y Bases sociales subordinadas  

 

Diagrama 9: Bases sociales medias


 

Diagrama 10: Bases sociales dominantes-dominantes y dominantes-subordinadas


El Diagrama 11 ilustra el mismo caso pero con las bases sociales dominantes medias. En este caso, también la correlación de fuerzas entre ellas determina la configuración de las respectivas instancias de articulación ideológica y cultural. Lo mismo ocurre en el campo de las bases sociales subordinadas, cuyos diagramas, por obvios, nos abstenemos de presentar.

 

Esto se complementa con otra característica que ya se anotó más arriba, a propósito de la metáfora del tranvía de San Francisco: que las bases sociales no tienen permanencia estable dentro del sistema, sino que su número y composición pueden variar. En un momento podrá haber más bases sociales en el campo dominante que en el subordinado, o a la inversa. En el Diagrama 11 esta característica se ilustra con la convención bsqx - bsqn para indicar el incremento o disminución de las bases sociales, con sus correspondientes efectos en los ejes restantes del modelo. Esta característica de los sistemas es relevante, sobre todo, en la descripción de los sistemas diacrónicos.

 

De lo anterior se deduce una de las características de la dinámica de los sistemas culturales. Si tomamos como ejemplo un sistema en equilibrio como cualquiera de los descritos hasta ahora, vemos que el resultado general es la

síntesis de los ajustes de correlación de fuerzas que se dan, primero, entre las diferentes bases sociales tanto "dominantes" como subordinadas y, segundo a nivel de todo el esquema. Esto, por cuanto dentro de los dos campos también se da el juego de pugnas por la hegemonía. Para simplificar el asunto, diremos que existen bases sociales dominantes hegemónicas y subordinadas, dentro de las cuales se configuran bloques ideológicos dominantes y subordinados, dando lugar a la formación de bloques hegemónicos y subordinados, al interior de los estratos dominantes. Y lo mismo ocurre en el campo que describe a los estratos subordinados. Entre ellos, se configuran bases sociales subordinadas hegemónicas y subordinadas.

 

Digamos que el juego de pugnas por la hegemonía transcurre en tres escenarios simultáneos: el campo de los estratos dominantes, el campo de los estratos subordinados, y el campo de correlación entre estratos dominantes y subordinados. No sobra agregar que los efectos independientes de lo ocurrido en cada uno de estos campos hacen interfase con los del conjunto, produciendo un sistema iterativo que retroalimenta de manera permanente todo el sistema. En cada uno de ellos, el límite de equilibrio está comprendido entre los valores máximo y mínimo, o superior e inferior de la correlación de fuerzas, descritos por los ejes LScf - LIcf - LCfs.

   

Diagrama 11: Bases sociales dominantes-medias


2.     Hegemonía y bases sociales

 

Este juego de pugnas por la hegemonía debe ser caracterizado en detalle para comprender la lógica que rige la dinámica de la correlación de fuerzas. Para ello es necesario hacer explícito en contenido del concepto de hegemonía.

 

a.     El concepto de hegemonía

 

Sin lugar a dudas, el concepto de hegemonía es uno de los más importantes, acaso el más importante, dentro de la conceptualización gramsciana. Constituye la categoría central de su concepción política, y la llave para aprehender la coherencia, la organicidad y la sistematicidad de su pensamiento, disperso a lo largo y ancho de su obra en notas y ensayos «sueltos», sobre tópicos diversos, algunos de ellos sin continuidad, producto de las difíciles condiciones vividas en el destierro y en la prisión.

 

Como ocurre con la mayoría de los conceptos gramscianos, el de hegemonía ha sido objeto de extensas polémicas entre los analistas de su obra. Sin embargo, existe un acuerdo básico sobre su contenido y, sobre todo, respecto de la importancia y la novedad de su aporte frente al uso del concepto por los marxistas clásicos y los revolucionarios rusos desde Plejanov hasta Lenin.

 

En este escenario, el primer reconocimiento tiene que ver con la centralidad del concepto desde la perspectiva política. La hegemonía describe, esencialmente, el contenido de las relaciones políticas entre las clases sociales. Pero como señala Anderson, Gramsci también subraya la importancia cultural del concepto. Esta importancia se relaciona con el hecho de que el acceso de un grupo social fundamental al ejercicio hegemónico marca la irrupción de una nueva cultura, de una nueva concepción del mundo y de la vida, caracterizada por intereses y necesidades de clase, que se hace vida, que se transforma en «acto histórico»[2]. Y es en este sentido en que lo usamos en esta propuesta[3].

 

Lenin y la hegemonía como dirección política

 

Para comprender el sentido nuevo que Gramsci incorpora al concepto de hegemonía es necesario realizar una pequeña arqueología del mismo. La fuente más inmediata utilizada por Gramsci para su reflexión sobre la hegemonía es Lenin, quien elabora su concepto a propósito de la discusión sobre las características que debía asumir la revolución en el período comprendido entre 1905 y 1907 cuando se lleva a cabo la revolución democrática en Rusia. El concepto fue desarrollado en la discusión que se realizó entre mencheviques y bolcheviques para tratar de establecer el papel que en ella debían desempeñar tanto la burguesía como el proletariado.

 

Resumiendo y esquematizando, el argumento es el siguiente: Cuando Lenin estudió el desarrollo del capitalismo en Rusia encontró que estaban dadas las condiciones objetivas y subjetivas para la realización de una revolución socialista, pero con la condición de que antes, o simultáneamente, debía llevarse a cabo una revolución democrático - burguesa, antifeudal y antizarista. Los mencheviques sostenían que, por su carácter, esta  revolución debía ser dirigida por la burguesía liberal y democrática, con el apoyo del proletariado, pero sin su compromiso total. Lenin y los bolcheviques, por el contrario, sostenían que esta revolución debía ser dirigida por el proletariado pues, por razones históricas, la burguesía liberal rusa era débil, se encontraba ligada por fuertes vínculos a los estamentos feudales, y no tenía la capacidad requerida para llevar a término las reivindicaciones capitalistas frente al zarismo y a la aristocracia feudal. En esas condiciones, la única fuerza capaz de liderar y de hacer esa revolución era el proletariado. Así, el proletariado ruso tenía que hacer simultáneamente dos revoluciones: la revolución democrático - burguesa e inmediatamente, sin solución de continuidad, la revolución socialista o revolución proletaria, la revolución anticapitalista que realizaría la expropiación de todos los medios de producción e instauraría la dictadura del proletariado.

 

Esa revolución democrático - burguesa era fundamental porque con ella se resolverían los problemas sociales, económicos y políticos del grueso de la pequeña burguesía rusa representada básicamente por los campesinos. El punto de vista de Lenin consistía en que sin los campesinos el proletariado no podía hacer la revolución socialista. El proletariado debía hacer una revolución proletaria en beneficio de toda la sociedad, pero no la podía hacer solo, por el enorme peso político y social que tenían los campesinos, esencialmente pequeño - burgueses, y que, como tales, podían estar con el proletariado, pero también podrían estar contra él, dependiendo de las relaciones de fuerza existentes en el momento de la revolución.

 

Esto significaba que, desde el punto de vista político, el proletariado necesitaba ganar para su causa a los campesinos. Lenin propuso entonces la tesis de que se necesitaba un proceso de revolución ininterrumpida o de revolución permanente, en el cual el proletariado debía dirigir políticamente a sus aliados y enfrentar abiertamente a sus enemigos, para después conducirlos a la revolución socialista. Lenin pensaba que el proletariado debía ser la fuerza hegemónica que dirigiera al campesinado en esa lucha. A esa dirección política ejercida por el proletariado sobre el campesinado  y sobre los aliados, en el marco de una alianza de clases, Lenin la llamó hegemonía[4].

 

Gramsci y la hegemonía como dirección política y dirección intelectual y moral

 

Chantal Mouffe ha documentado suficientemente la génesis del concepto de hegemonía en Gramsci, labor en la que ha sido acompañada, y en algunos casos glosada y complementada y criticada. No obstante, sigue siendo, en nuestro criterio, la exposición más clara y precisa, y la que sistematiza de manera más coherente el alcance y el contenido de la, a veces, polisémica categoría. Por esta razón nos abstenemos de mostrar el recorrido de la categoría en el pensamiento gramsciano para concentrarnos en el núcleo de su propuesta[5].

 

Gramsci empieza reconociendo la importancia del aporte leninista a la definición de la hegemonía y aceptando que, en primera instancia, en el marco de una concepción de alianza de clases, la hegemonía podía entenderse como el ejercicio de la dirección política del proletariado sobre el campesinado y las clases aliadas, tal como se planteaba para el caso de la revolución democrático burguesa rusa. Esta primera acepción del concepto llevaba implícita la idea importantísima de superación del espíritu corporativo del proletariado; es decir de superación de los límites impuestos por su definición de clase[6].

 

Este punto de vista se complementa, en los "Cuadernos de la Cárcel", cuando Gramsci anota que la dirección política es insuficiente para configurar el ejercicio de la hegemonía y que ésta no es posible si, al mismo tiempo, no se ejerce la dirección intelectual y moral  sobre dichas clases. De este modo, la hegemonía puede definirse como el punto de contacto entre el ejercicio de la dirección política y el de la dirección intelectual y moral por parte de una base social o un conjunto de ellas, sobre otras o sobre la sociedad entera, planteamiento que desborda el marco estrecho de la simple alianza de clases.

 

Con esta manera de plantear el asunto de la hegemonía, Gramsci deja de concebirla como una estrategia del proletariado para ganar adeptos y acceder al poder, y la convierte en un principio de análisis para comprender los complejos mecanismos que regulan las relaciones entre los bloques sociales hegemónicos y los subordinados, incluyendo el hecho de que la misma burguesía necesita actualizar permanentemente su supremacía. De este modo se supera la fase corporativa de expresión política de las bases sociales para acceder a niveles superiores de interacción social en términos de correlación del fuerzas y devenir grupo hegemónico. Este aspecto de la cuestión es de vital importancia para comprender los mecanismos de acceso a y de ejercicio de la hegemonía, pues en la red de relaciones que se establece entre las distintas bases sociales de un determinado sistema cultural, una base social, o un conjunto de ellas que aspiren a la hegemonía, no podrán consolidarse como tales si, de alguna manera, no reconocen los intereses y necesidades de los grupos subalternos y los incorporan dentro del conjunto de reivindicaciones generales de la sociedad[7].

 

Hemos citado por extenso a Gramsci, pues en este texto se plantea con toda claridad la relación que dejamos indicada más arriba entre correlación de fuerzas sociales y hegemonía, como factor de regulación en la configuración de las instancias de articulación ideológica y cultural. La superación de la «fase corporativa» marca el momento en el cual las concepciones del mundo de las bases sociales dejan de ser simples ideologías; es decir, concepciones correspondientes estrictamente a intereses y necesidades, y condiciones materiales de existencia de unas bases sociales específicas, o concepciones con «eficacia práctica», para convertirse en concepciones con "eficacia histórica", en concepciones del mundo universales, en las cuales se reconocen otras bases sociales.

 

Dicho esto, se puede afirmar que la hegemonía, en sentido estricto, aunque involucra tanto a dirección política como a la dirección intelectual y moral, es entendida por Gramsci, esencialmente, como ejercicio de la dirección intelectual y moral  de unas bases sociales o de una combinación de ellas, sobre otras que configuran el campo  de las bases sociales subalternas.

 

De donde resulta que un sistema cultural no es producto directo y primario de la lucha de clases opuestas y contradictorias, sino de complejas «transacciones» políticas, informadas sí por contenidos de clase, realizadas entre todo el complejo social. Estas «transacciones» involucran a los dos campos: dominantes y subordinados, cada uno de los cuales «reconoce» y «cede» intereses y necesidades, no necesariamente en los  mismos ámbitos de la vida social sino, principalmente, en ámbitos diferentes y en momentos distintos, haciendo que la estabilidad del sistema se mueva dentro de límites que pueden ser alterados por fluctuaciones, en ocasiones, leves.[8]

 

En función de todo lo anterior Mouffe aventura una primera definición de clase hegemónica: aquella "que ha podido articular a sus intereses los de otros grupos sociales, a través de la lucha ideológica".[9] Sin temor a generar una reducción simplista de esta definición, creemos que es válida para describir nuestro concepto de base social hegemónica.

 

Pero toda esta concepción de la hegemonía tiene, todavía, otra implicación que aclara mucho más su valor para la comprensión de los sistemas culturales. Al trascender el nivel de una simple alianza instrumental, mediante la cual las reivindicaciones de las clases aliadas se expresan en los intereses y necesidades de las bases sociales fundamentales, como señala Mouffe: "la hegemonía involucra la creación de una síntesis más elevada, de modo que todos sus elementos se funden en una «voluntad colectiva» que pasa a ser el nuevo protagonista de la acción política, que funcionará como el sujeto político mientras dure esa hegemonía. Es a través de la ideología como se forma esta voluntad colectiva, toda vez que su existencia misma depende de la creación de una unidad ideológica que servirá de «cemento»".[10]

 

Esta «voluntad colectiva» es la que se expresa en nuestras instancias de articulación ideológica  y de articulación cultural. En ellas se regula todo el sistema hegemónico al funcionar como una matriz de producción de sentido que dota de contenidos «unificados» la acción de las bases sociales dominantes y subalternas. Esto es posible gracias a la formación de bloques sociales, expresados en bloques ideológicos que, a su vez,  proporcionan la base para la configuración de los bloques hegemónicos, como veremos más adelante.

 

La cultura y las funciones de dirección y dominación

 

A partir de la distinción entre dirección política  y dirección intelectual y moral, Gramsci hace posible clarificar las relaciones entre las funciones de dirección  y dominación, en el contexto de la hegemonía.

 

Para Gramsci, la dirección política representa el momento de la fuerza, el momento de la coerción; mientras que la dirección intelectual y moral representa el momento del consenso  o el momento de la aceptación.

 

Mediante el ejercicio de la dirección política, una base social o una combinación de ellas puede ejercer su supremacía pero bajo la forma de base social dominante; es decir con base en la imposición, en la fuerza, en la coerción. Mientras que si lo hace con base en la dirección intelectual y moral, se convierte en base social dirigente; es decir con base en el consenso, en el consentimiento, en la aceptación. La diferencia entre la función de dirección y la función de dominación está en la base de la diferencia entre dominación  y hegemonía. Quien ejerce como dominante no se constituye en fuerza hegemónica[11]. Véase Diagrama 12.

Para los efectos de una teoría de la cultura, importa más la hegemonía que la dominación. Por eso, nuestra división original de la matriz en bases sociales dominantes y bases  sociales subordinadas quedaría mejor descrita si hablamos de bases sociales hegemónicas y bases sociales subordinadas.

 

Con estos elementos establece una ecuación que describe un movimiento pendular que va de la fuerza al consenso y viceversa; es decir, en algunos momentos predomina la fuerza, sobre todo en tiempos de crisis, lo que significa que se ha debilitado el consenso; y en otros, predomina el consenso, lo que significa el debilitamiento de la fuerza. En tales condiciones, las bases sociales fundamentales nunca basan su supremacía en un ejercicio pleno de la fuerza o basadas únicamente en el consenso. Siempre se presenta el movimiento pendular entre los dos. Sin embargo, en la relación hegemónica predomina la dirección sobre la dominación[12]. Y este es el aspecto que nos interesa resaltar en lo que respecta a nuestra propuesta de teoría de la cultura: la hegemonía tiene implícita una base consensual que relaciona al conjunto de las bases


Diagrama 12:  Hegemonía: Dirección y dominación


sociales, en función del tipo específico de correlación de fuerzas que se da en cada momento histórico.

 

Cultura, hegemonía, sociedad política y sociedad civil

 

Estos momentos, el de la dominación y el de la dirección definen, a su vez, instancias sociales de regulación para los sistemas culturales. Estas instancias son la sociedad política  y la sociedad civil.

 

Como ocurre con todos sus conceptos, estos dos también muestran un amplio rango de ambigüedad que ha merecido la cuidadosa atención de los estudiosos del pensamiento gramsciano. Para no entrar en los detalles de esta discusión, vamos a asumir las definiciones más cercanas a nuestro propósito.

 

En principio, la distinción entre sociedad política y sociedad civil es de tipo lógico, como las que analizamos en la dimensión uno, a propósito de las relaciones entre espíritu y naturaleza, por ejemplo. En la realidad, sociedad política y sociedad civil son una sola cosa, forman parte de la unidad holística del mundo objetivo. Conceptualmente se distinguen esas dos dimensiones porque al hacerlo aparecen claramente dos funciones sociales diferentes ligadas a ellas, que aclaran en alto grado la lógica de interpretación de la cultura[13].

 

Aunque ha sido suficientemente sustentada la "concepción ampliada del Estado", dentro de la cual coexisten sociedad civil y sociedad política, también se ha producido un desarrollo individual de estos conceptos que permite examinarlos en su especificidad. La clave para comprender esta especificidad está dada por la distinción ya establecida entre las funciones de "dominación" y de «dirección»[14].

 

En primer lugar, se ha insistido demasiado en el hecho de que Gramsci distingue a la sociedad política y a la sociedad civil como dos esferas esenciales constitutivas de las superestructuras del bloque histórico. Sin embargo, vale la pena recalcar que, en la medida en que los llamados aparatos hegemónicos  se soportan en una base material, y en que el bloque histórico es un tipo particular de relación entre la estructura y la superestructura, dichas esferas también son constitutivas de la estructura[15].

 

Esta precisión es de vital importancia para la fundamentación de nuestro modelo, puesto que la relación entre bases sociales, condiciones materiales de existencia, intereses y necesidades históricos y concepciones del mundo, expresa una forma de articulación entre la estructura y la superestructura, y designa una forma de ser del bloque histórico.

 

La mutua implicación entre sociedad política  y sociedad civil, no obstante, no impide su especificidad constitutiva y funcional. Refiriéndose a los intelectuales y a su conexión con los grupos sociales fundamentales, Gramsci define a la "sociedad civil" como el plano "formado por el conjunto de los organismos vulgarmente llamados "privados" que corresponden a la función de "hegemonía" que el grupo dominante ejerce en toda la sociedad; y a la "sociedad política o estado" como el plano del "dominio directo" o de comando que se expresa en el estado y en el gobierno "jurídico", funciones caracterizadas como organizativas y conectivas"[16].

 

De este modo, la sociedad política queda relacionada con la función de dominación, de coerción, de ejercicio de la fuerza, en el dominio de la dirección política; mientras  la sociedad civil  se adscribe a la función de dirección, de aceptación, de consenso, de hegemonía en sentido estricto, en el dominio de la dirección intelectual y moral[17]. Véase el Diagrama 13.

En nuestro medio, el concepto de sociedad civil es tomado con reservas, no obstante haberse generalizado su uso, hasta el punto de haber sido adoptado por el bloque de clases en el poder y haber entrado en el lenguaje oficial del Estado. Se arguye que es un concepto vago, indefinido, inaprehensible, una entelequia (en el sentido de cosa irreal). Esto ocurre, a nuestro juicio, porque no se entiende que la sociedad civil no es una cosa, o un conjunto de cosas (los gremios, por ejemplo), sino una relación, una función, que, en el sentido en que la estamos tomando en este ejercicio, es definida como la función de hegemonía. De allí que en este contexto cobre pleno sentido la afirmación de Gramsci según la cual la sociedad civil es el terreno en el cual los hombres toman conciencia de sus intereses y necesidades históricos, y luchan. Es el campo de despliegue de las ideologías.

 

Algo similar ocurre con el concepto de hegemonía. Su uso generalizado en el lenguaje político, sobre todo, y por los medios de comunicación, en particular, le atribuyen el sentido de dominación, de imposición, de exclusión, cuando en realidad expresa exactamente lo contrario: acuerdo, consenso, transacción, aceptación. Es claro que la hegemonía incorpora elementos de coerción, pero no son precisamente éstos los que le confieren su significado. Se debe insistir en que la hegemonía tiene una base eminentemente consensual.


Diagrama 13: Hegemonía: contacto entre sociedad política y sociedad civil


La relevancia de la relación entre hegemonía y sociedad civil es evidente para la caracterización de los sistemas culturales. Si mediante la hegemonía unas bases sociales ejercen la dirección intelectual y moral del conjunto de la sociedad y si, además, esa hegemonía se ejerce en el dominio de las llamadas instituciones privadas de la sociedad como la familia, la Escuela, la Iglesia, las asociaciones, etc., es apenas natural que el carácter de dicha dirección sea de naturaleza político-cultural, y que el escenario de las pugnas por la hegemonía se concentre más en la sociedad civil que en la sociedad política. Esto no excluye, desde luego, en el contexto del concepto «ampliado» del Estado,  que se den procesos de «estatización de la sociedad civil», como ocurre, por ejemplo, con la regulación estatal de la educación, la salud, el trabajo, etc.; y de "penetración de la sociedad civil en el Estado", como ocurre con la acción de los gremios económicos y de los medios masivos de comunicación, o el papel desempeñado por la Iglesia en determinadas coyunturas históricas. Por ejemplo, nadie desconoce la función estatal  de la familia, de la iglesia y de la escuela cuando, en el dominio de los hechos consensuales, del ejercicio de la dirección intelectual y moral, contribuyen a la formación del ciudadano.

 

Este planteamiento introduce una perspectiva para la acción política radicalmente diferente a la de Lenin. En la teoría de la revolución de Lenin, el objetivo estratégico de la lucha del proletariado, organizado en partido, era la conquista del aparato de Estado, para desde allí ejercer la dictadura de clase que conduciría, finalmente, a la satisfacción de los intereses y necesidades del conjunto de la sociedad y a la abolición del Estado por la extinción de las clases sociales. La revolución consistía, básicamente, en la lucha por la toma y el control del aparto estatal. Solamente a partir de este momento, dice Lenin, comienza la verdadera lucha por la transformación de la sociedad. Por eso concibe la hegemonía como dirección política, como ejercicio de la dictadura de clase por parte del proletariado. Desde el punto de vista de Gramsci, esto no será posible si, desde un comienzo, el proletariado, a la cabeza de los grupos subalternos, no se convierte en fuerza hegemónica; es decir, si no lucha por el control de la sociedad civil, por el ejercicio de la dirección intelectual y moral, al tiempo que, desde luego, también intenta acceder al control del aparato de Estado[18]. Este modo de pensar está más acorde con la naturaleza compleja de la lucha política pues reconoce la acción interclasista que se da en el seno de la sociedad civil y sirve, además, para comprender mejor los mecanismos a través de los cuales las clases dominantes ejercen su supremacía[19].

 

Esta reflexión llevó a Gramsci a plantear que la hegemonía no se puede ejercer de manera sólida sino en la medida en que tanto la sociedad civil como la sociedad política se encuentren suficientemente desarrolladas y ligadas orgánicamente. Entre más «robusta» y desarrollada sea la sociedad civil, más firme será el ejercicio de la dirección intelectual y moral por parte de las bases sociales hegemónicas y más difícil será disputar esa hegemonía. Subvertir ese orden requerirá de una lucha de «largo alcance» que logre disgregar la sociedad civil. En el caso contrario, en sociedades en las cuales es más fuerte la sociedad política, la subversión del orden, como en el caso de la revolución rusa de 1917, se orientará a la toma del aparato  coercitivo del Estado[20].

 

Pero lo realmente interesante de todo esto, para los propósitos de nuestro modelo de análisis cultural, es que el papel desempeñado por la sociedad civil hace de la hegemonía, en tanto ejercicio de la dirección intelectual y moral, un hecho de naturaleza esencialmente cultural. Existe pues, una relación directa entre el grado de desarrollo de la sociedad civil y las características de la  cultura de una sociedad. A una mayor complejidad de la primera corresponderá una mayor complejidad  de la segunda. Esto es válido, inclusive, para la cultura de las mal llamadas «sociedades primitivas», pues en ellas lo que se observa es una fusión de la sociedad política con la sociedad civil o, lo que es igual, un incipiente, cuando no inexistente, grado de separación entre lo público y lo privado, que hacen del universo cultural el marco por excelencia de regulación de la vida social. Por esta razón, en estas sociedades el mito cobra vida y se instaura como elemento de realidad, y la naturaleza se fusiona con la sociedad de manera indisoluble, en una lógica de sentido que resulta inaprehensible para la racionalidad del hombre «civilizado».

 

Las complejas relaciones existentes entre la sociedad civil y la sociedad política, derivadas de la heterogeneidad de las bases y bloques sociales que caracterizan las correlaciones de fuerzas en países como el nuestro, explican la naturaleza diversa, heterogénea y también compleja de nuestra cultura, cuya apariencia caótica, cuando se compara con la de los países de alto desarrollo de las fuerzas productivas, la hace ver "desordenada", "incongruente", "atrasada". Desde luego, este juicio se explica también por la relación de dominación y subordinación que se da entre los países de «alto» y «bajo» «desarrollo».

 

Esta diferencia entre dominación y dirección explica, además, cómo es posible que algunos bloques sociales puedan ejercer el poder y detentar el control del aparato de Estado sin ser hegemónicos. Y a la inversa, cómo algunos grupos sociales pueden ejercer la hegemonía sin controlar el aparato de Estado. El primer caso lo ilustran, en su versión más extrema, las dictaduras; y el segundo, los procesos de modificación de la correlación de fuerzas sociales a favor de los estratos subordinados, cuando logran estabilizarse por períodos de tiempo lo suficientemente largos como para modificar la práctica social. En el campo del arte y de la estética, en general, este segundo caso puede verse en la forma como el denominado «arte primitivista» se legitima en la estética dominante y, por esa vía, se hace «universal». Véase el Diagrama 13.

 

Hegemonía transformista, hegemonía expansiva y cultura

 

A partir de las notas de Gramsci sobre el Risorgimento, Chantal Mouffe hace una tipificación de las dos vías o métodos a través de los cuales una clase puede llegar a ser hegemónica. Estas vías tipifican, a su vez, las dos formas principales de expresión de la hegemonía: la «transformista» y la «expansiva»[21].

 

El concepto de hegemonía transformista fue planteado por Gramsci para caracterizar una de las formas históricas a través de las cuales se concretó en fenómeno de «revolución - restauración» o «revolución pasiva» en el proceso de formación del estado moderno en Italia, particularmente en los períodos de  1860 a 1900 y de 1900 en adelante, con un período intermedio que va de 1890 a 1900, durante los cuales pugnaron por la hegemonía el Partido de los Moderados, liderado por Cavour, y el Partido de Acción, liderado por Manzzini. En esta confrontación, el primero logró establecer su hegemonía sobre las fuerzas que luchaban por la unificación, mediante dos tipos de transformismo: En una primera fase, mediante el transformismo molecular consistente en la  absorción gradual, de manera «molecular» o individual, de los elementos más destacados de la oposición democrática por parte de la «clase política» conservadora - moderada, caracterizada "por la aversión a toda intervención de las masas populares en la vida estatal, a toda reforma orgánica que propusiera una «hegemonía» como sustitución del crudo «dominio" dictatorial», por ausencia de una base social orgánicamente ligada al Partido de Acción. En una segunda fase, mediante un «transformismo compuesto o secundario», caracterizado por el paso de grupos  «extremistas» completos al campo moderado (formación del Partido Nacionalista, constituido por ex- sindicalistas y anarquistas)[22].

 

A estas dos formas de transformismo, Portelli agrega una tercera, considerada también por Gramsci, que podemos llamar «transformismo ideológico», considerada como "el procedimiento más eficaz, consistente en la absorción ideológica del bloque de oposición, ilustrada por la obra de Benedetto Croce, quien por su influencia sobre los intelectuales italianos sirvió para "conformar las nuevas fuerzas a los intereses vitales del grupo dominante"[23].

 

A pesar de que el tratamiento dado al transformismo no es uniforme en los analistas del pensamiento gramsciano, es significativo el hecho de que todos coinciden, con matices, en su caracterización general. Portelli cita a Gramsci para definirlo como la «revolución pasiva» que "consiste en la toma del poder por la burguesía mediante la neutralización de las otras capas sociales". También dice: "El «transformismo» consistió en la integración de los intelectuales de las clases subalternas a la clase política, para decapitar la dirección de esos grupos", o, "el transformismo es un proceso orgánico: expresa la política de la clase dominante que se niega a todo compromiso con las clases subalternas y subutiliza entonces sus jefes políticos para integrarlos a su clase política"[24].

 

Refiriéndose a la dimensión «molecular» del transformismo, Grisoni y Maggiori lo definen como "una simbiosis gracias a la cual la clase dominante -históricamente, la burguesía- se incorpora y asimila a los intelectuales de las clases subalternas, haciendo de este modo imposible la aparición de un grupo revolucionario suficientemente organizado para convertirse en hegemónico". Y concluyen diciendo: "El transformismo es entonces la decapitación intelectual sistemática y pacífica de las clases subalternas por la clase dominante"[25].

 

Pero nos interesa, sobre todo, destacar la interpretación de Mouffe, por considerarla más acorde con nuestro planteamiento. Dice Mouffe que "Gramsci denominó «revolución pasiva» a este proceso (el transformismo)... puesto  que las masas fueron integradas mediante un sistema de absorción y neutralización de sus intereses que les impidió oponerse a los de la clase hegemónica". Más adelante reitera esta visión cuando dice: "Si definimos hegemonía como la capacidad de una clase para articular a sus intereses los de otros grupos sociales, entonces veremos que esto puede hacerse en dos sentidos muy distintos; pueden articularse los intereses de estos grupos en tal forma que se los neutralice evitando así el desarrollo de sus reivindicaciones específicas, o pueden articularse en forma tal que  promueve su pleno desarrollo y conduzca a la solución final de las contradicciones que ellos expresan". El primer caso tipifica la hegemonía transformista y, el segundo, la hegemonía expansiva. En efecto, de todos los autores citados, Mouffe es la única que desarrolla la noción de hegemonía expansiva. La define como aquella que "debe fundarse en el consenso activo y directo, resultante de una genuina adopción de los intereses de las clases populares por parte de la clase hegemónica, que dé lugar a la creación de una auténtica «voluntad nacional-popular»[26].

 

Valga destacar el hecho de que en la concepción gramsciana el transformismo tiene una valoración positiva, considerado históricamente. Es visto como un avance burgués, respecto del régimen feudal, pues implica, aunque sea en mínima escala, un reconocimiento de los intereses y necesidades de los estratos subordinados, así sea para neutralizarlos en su acción política. Este aspecto es señalado por Buzzi quien dice: "El transformismo es por tanto un movimiento progresivo, pero no completamente renovador: no es la única revolución progresiva que conoce la historia. Existe otra más profunda, más radical, no evolucionista, sino dialéctica, La Revolución francesa es el ejemplar histórico de ésta"[27].

 

Estas dos nociones de hegemonía transformista y hegemonía expansiva constituyen para nosotros dos claves importantísimas para la interpretación de los sistemas culturales. En primer lugar, porque permiten la identificación de procesos de signo distinto en el terreno común de la configuración de sistemas hegemónicos; en segundo lugar, porque hacen posible distinguir entre bloques sociales, ideológicos y hegemónicos, transformistas o expansivos; en tercer lugar porque marcan la diferencia entre democracias transformistas y democracias expansivas; y, por último, porque nos permiten identificar bloques y sistemas culturales también transformistas y expansivos.

 

En general, los «procesos transformistas» tipifican los modelos reformistas democrático burgueses que propenden por el mantenimiento del status quo y que garantizan el equilibrio de los sistemas culturales en condiciones de dominación y subordinación, mientras que los «procesos expansivos» introducen la dinámica que hace posible la superación de la relación de dominación y subordinación y dan lugar a la aparición de proyectos radicales de sustitución de unos bloques hegemónicos por otros, de creación de nuevos sistemas hegemónicos, de sustitución de unos sistemas culturales por otros.

       



[1] Este aspecto del análisis cultural ha sido puesto en evidencia por vario autores. Citamos, por la representatividad que tiene dentro de la literatura latinoamericana, el punto de vista del investigador mexicano Jorge A. González: "la contraposición simple entre dos culturas, "oficial" versus (popular) "folklore", de ningún modo debe entenderse como si sólo existieran dos grandes bloques culturales, uno coherente y legitimado y el otro disgregado y arbitrario, imputables mecánicamente a dos únicas clases opuestas. Cuando realizamos análisis concretos detectamos, además de la complejidad de la estratificación social, la diversidad de los procesos culturales. Asimismo encontramos en ellos ciertos elementos culturales transclasistas que conforman, por así decirlo, el discurso social común de una determinada sociedad. (El "folklore" ha estado ligado siempre a la cultura de las clases dominantes y a su modo, le ha extraído motivos que se han insertado en combinación con las tradiciones precedentes"). González. OP. Cit. páginas 28-29.

 

Pero ya Martín- Barbero había advertido sobre el particular: "Aquí nos interesa señalar únicamente el papel jugado por el pensamiento de Gramsci en el desbloqueo, desde el marxismo, de la cuestión cultural y la dimensión de clase en la cultura popular. Está, en primer lugar, el concepto de hegemonía elaborado por Gramsci, haciendo posible pensar el proceso de dominación social ya no como imposición desde un exterior y sin sujetos, sino como un proceso en el que una clase hegemoniza en la medida en que representa los intereses que también reconocen de alguna manera como suyos las clases subalternas... Si antes una concepción fatalista y mecánica de la dominación hacía de las clase dominada un  ser pasivo sólo movilizable desde "fuera", ahora la tendencia será a  atribuirle en sí misma una capacidad de impugnación ilimitada, una alternatividad metafísica. Lo más grave de esta oscilación, como anota García Canclini, es que "se insistió tanto en la contraposición de la cultura subalterna y la hegemónica, y en la necesidad política de defender la primera, que ambas fueron pensadas como exteriores entre sí. Con el supuesto de que la tarea de la cultura hegemónica es dominar y la de la cultura subalterna es resistir, muchas investigaciones no parecen tener otra cosa que averiguar fuera de los medios en que una y otra cultura desempeñan sus papeles en este libreto".  Si algo nos ha enseñado (la óptica gramsciana) es a prestar atención a la trama: que no toda asunción de lo hegemónico por lo subalterno es signo de sumisión como el mero rechazo no lo es de resistencia, y que no todo lo que viene "de arriba" son valores de la clase dominante, pues hay cosas que viniendo de allá responden a otras lógicas que no son las de la dominación ": Op. Cit. páginas 84-85.

   

 

[2] Dice Anderson: "Gramsci también subrayó, más elocuentemente que cualquier marxista ruso anterior a 1917, la ascendencia cultural  que debía demostrar la hegemonía del proletariado sobre las clases aliadas". Y cita el texto gramsciano: "Las ideologías previamente desarrolladas se transforman en "partido", entran en conflicto y confrontación, hasta que sólo una de ellas, o al menos una combinación, tiende a prevalecer, imponiéndose y propagándose a través de la sociedad. De este modo, consigue no sólo una unificación de los objetivos económico y político, sino también la unidad intelectual y moral, planteando todas las cuestiones sobre las que surge la lucha no en un plano corporativista, sino universal. Creas así la hegemonía de un grupo social fundamental sobre una serie de grupos subordinados". Ver: Anderson, Perry, Las Antinomias de Antonio Gramsci, Editorial Fontamara, Barcelona, 1978, p.37.

 

[3] Jorge González, en el texto ya citado, deja claramente establecida la importancia del concepto de hegemonía para el análisis de la cultura. Al respecto dice: "La hegemonía es... el concepto clave que nos permite entender la capacidad de un bloque de clases más o menos sólidamente aliado para convertir su cultura, su manera de definir e interpretar el mundo y la vida, en punto de referencia y valoración común del conjunto de las otras clases que se recorten en la sociedad... La relación de hegemonía tiene su propia especificidad y requiere ser analizada en sus términos, pues es la categoría que nos permite volver inteligibles las relaciones entre las clases, desde el punto de vista de la cultura".  Más (+) Cultura (s), Ed. Cit. p.68.

[4] La historia del concepto de hegemonía en Lenin está bastante bien documentada. Además del texto citado de Perry Anderson, también puede verse: Gruppi, Luciano, El Concepto de Hegemonía en Gramsci, Ediciones de Cultura Popular, México, 1988, páginas 13 y siguientes. También: Diaz-Salazar, Rafael, El Proyecto de Gramsci, Editorial Anthropos, Barcelona, 1991, páginas 225 y siguientes. Y Buci-Glucksmann, Christine,  Gramsci y el Estado. Hacia una Teoría Materialista de la Filosofia. Siglo XXI Editores, cuarta edición, México, 1979, páginas 221 y siguientes. Grissoni, D. Y Maggiori, R. Leer a Gramsci, Op. Cit. p.169 y siguientes. Macciocchi, Maria-Antonietta, A Favor de Gramsci, Editora Paz e Terra, Rio de Janeiro, 1977, p. 146 y siguientes, entre otros.

 

[5] Mouffe, Chantal, "Hegemonía e Ideología en Gramsci", Revista Trópicos, No. 1 Bogotá, 1973, páginas 103 y siguientes.

 

[6] Gramsci, "Alcuni temi della quistione meridionale", en: La Quetione Meridionale, Editore Reuniti, Roma, III edizione, VI ristampa, abril de 1972, p.134.

 

[7] Mouffe cita los pasajes de Gramsci en los cuales explica "que fue obligando a la burguesía a superar su naturaleza corporativa como lograron los jacobinos convertirla en una clase hegemónica. En efecto, ellos la obligaron a ampliar sus intereses de clase y a descubrir aquellos intereses que tenía en común con los sectores populares" Art. Cit., p. 135.

 

Gramsci plantea el asunto de la siguiente manera: "en la "correlación de fuerzas" hay que distinguir, por de pronto, varios momentos o grados, que son fundamentalmente estos: 1) Una correlación de fuerzas sociales estrechamente ligada a la estructura objetiva, independiente de la voluntad de los hombres, y que puede medirse con los sistemas de las ciencias exactas o físicas. Sobre la base del grado de desarrollo de las fuerzas materiales de producción se tienen las agrupaciones sociales, cada una de las cuales representa una función y ocupa una posición dada en la producción misma. Esta  correlación es, y nada más: es una realidad rebelde... 2) Un momento ulterior es la correlación de fuerzas políticas, esto es: la estimación del grado de homogeneidad, de autoconciencia y de organización alcanzado por los varios grupos sociales. Este momento puede analizarse a su vez distinguiendo en él varios grados que corresponden a los diversos momentos de la conciencia política colectiva tal como se han manifestado hasta ahora en la historia. El primero y más elemental es el económico - corporativo: un comerciante siente que debe ser solidario con otro comerciante, un fabricante con otro fabricante, etc., pero el comerciante no se siente aún solidario con el fabricante; o sea, se siente la unidad homogénea y deber de organizarla, la unidad del grupo profesional, pero no todavía la  del grupo social más amplio. Un segundo momento es aquel en el cual se conquista la conciencia de la solidaridad de intereses de todos los miembros del grupo social, pero todavía en el terreno meramente  económico... Un tercer momento  es aquel en el cual se llega a la conciencia de que los mismos intereses corporativos propios, en su desarrollo actual y futuro, superan el ambiente corporativo, de grupo meramente económico, y pueden y deben convertirse en los intereses de otros grupos subordinados. Esta  es la fase más estrictamente política, la cual indica el paso claro de la estructura a la esfera de las sobreestructuras complejas, es la fase en  la cual las ideologías antes germinadas se hacen "partido", chocan y entran en lucha, hasta que una sola de ellas, o, por lo menos, una sola combinación de ellas, tiende a prevalecer, a imponerse, a difundirse por toda el área social, determinando además de los fines económicos y políticos, también la unidad intelectual y moral, planteando todas las  cuestiones en torno a las cuales hierve la lucha no ya en un plano corporativo, sino en un plano "universal", y creando así la hegemonía de un grupo social fundamental sobre una serie de grupos subordinados". Gramsci, Antología, Op,. Cit., páginas 414-415.

[8] La inestabilidad de los sistemas culturales a la que hemos hecho referencia en diferentes oportunidades es presentada así por Gramsci: "...el grupo dominante se coordina concretamente con  los intereses generales de los grupos subordinados, y la vida estatal se concibe como un continuo formarse y superarse de equilibrios inestables (dentro del ámbito de la ley) entre los intereses del grupo fundamental y los de los grupos subordinados,  equilibrios en los cuales los intereses del grupo dominante  prevalecen, pero hasta cierto punto, no hasta el nudo interés económico - corporativo. En la historia real esos momentos se implican recíprocamente, horizontal y verticalmente, por así decirlo... escindiéndose por modos varios; cada una de esas combinaciones puede representarse en una propia expresión organizada económica y política..." Ibid, p. 415.

 

[9] Mouffe, Chantal, Art. Cit. p. 117.

 

[10] Ibidp. 120. (En negrilla en el original).

 

[11] Anderson toma nota de esta diferencia y la resume así: "Argumentando la necesidad de una "perspectiva dual" en toda acción política, (Gramsci) escribió que, en sus "niveles fundamentales" las dos perspectivas correspondían a la "naturaleza dual del Centauro de Maquiavelo -medio animal y medio humano". Para Gramsci éstos eran los niveles de fuerza y consentimiento, dominación y hegemonía, violencia y civilización". El campo del  discurso es aquí manifiestamente universal, en imitación del estilo del mismo Maquiavelo. Presenta una serie explícita de oposiciones, válidas para cualquier época histórica:

 

                                                Fuerza              Consentimiento

                                                Dominación       Hegemonía

                                                Violencia           Civilización

 

El término "dominación", que es la antítesis de "Hegemonía", aparece de nuevo en otra pareja de términos que se encuentra en otros textos, en oposición a "dirección". En el más importante de éstos, Gramsci escribió: "La supremacía de un grupo social asume dos formas: "dominación{2 y "dirección intelectual y moral". Un grupo social es dominante sobre grupos enemigos a los que tiende a "liquidar" o someter con la fuerza armada, y es dirigente sobre grupos afines y aliados": Anderson, Perry, Las Antinomias de Antonio Gramsci, Ed. Cit. páginas 39-40.

 

[12] Otra interpretación de la noción de hegemonía es la presentada por Diaz-Salazar: "Gramsci entiende la hegemonía primariamente en su sentido etimológico de "conducir", "ser guía". La contrapone a la idea de dominio para resaltar la capacidad de una clase de ser guía mediante la organización del consenso y la dirección política, intelectual y moral de toda la sociedad... La hegemonía es considerada tanto como dirección ideológico-política de la sociedad civil como combinación de fuerza y consenso, de coerción y persuasión para lograr el control de esa sociedad".  Diaz-Salazar, Rafael, El Proyecto de Gramsci, Ed. Cit. p.228.

 

Gramsci, por su parte, dice: "El ejercicio «normal» e la hegemonía en el terreno devenido clásico del régimen parlamentario se caracteriza por la combinación de la fuerza y el consenso que se equilibran en formas variadas, sin que la fuerza rebase demasiado al consenso, o mejor tratando de obtener que la fuerza aparezca apoyada sobre el consenso de la mayoría que se expresa a través de los órganos de la opinión pública —periódicos y asociaciones— los cuales, con este fin, son multiplicados artificialmente":  Notas sobre Maquiavelo...,  p. 135.

 

[13] Al respecto dice Portelli: "El análisis separado de cada una de las dos esferas del momento superestructural no se corresponde evidentemente con la realidad práctica. En efecto, esta división funcional debe ubicarse en el marco de una unidad dialéctica donde el consenso y la coerción son utilizados alternativamente y donde el papel exacto de las organizaciones es menos preciso de lo que parece. No existe sistema social donde el consenso sirva de única base de la hegemonía, ni Estado donde un mismo grupo social pueda mantener duraderamente su dominación sobre la base de la pura coerción": Portelli, Huges, Gramsci y el Bloque Histórico, Siglo XXI Editores, novena edición, México, 1982, p. 30. Más adelante dice: "El problema de las relaciones entre sociedad civil y sociedad política es una cuestión esencialmente metodológica: son dos aspectos de la hegemonía de la clase dominante". P.34.

 

[14] "... es preciso hacer constar que en la  noción general de Estado entran elementos que deben ser referidos a la sociedad civil (se podría señalar al respecto que Estado = sociedad política + sociedad civil, vale decir, hegemonía revestida de coerción)". Gramsci, Antonio, Notas sobre Maquiavelo, sobre Política y sobre el Estado Moderno, Obras Escogidas, Tomo IV, Editorial Lautaro, Buenos Aires, 1962, p.165.

 

[15] Portelli comparte este punto de vista: "La noción de sociedad política, así como la de sociedad civil, es una noción funcional y, por lo tanto, no se traduce totalmente en las organizaciones superestructurales": Portelli, Huges, Op. Cit.,  p. 29

 

[16] Gramsci, Antonio, Los Intelectuales y la Organización de la Cultura, Editorial Lautaro, Buenos Aires, 1960, p.17. Ilustrando su concepción "ampliada" del Etado dice: "... por Estado debe entenderse además del aparato gubernamental también el aparato "privado" de hegemonía o sociedad civil": Gramsci, Antonio, Cuadernos de la Cárcel, Tomo 3, Edición crítica del Instituto Gramsci, a cargo de Valentino Gerratana, Ediciones Era, México, 1984,  p. 105.

 

[17] Los textos en los cuales Gramsci hace énfasis en estas características son varios. Uno de los más conocidos dice: "Hay que distinguir la sociedad civil tal como la entiende Hegel y en el sentido en que a menudo se emplea en estas notas ( o sea en el sentido de hegemonía política y cultural de un grupo social sobre la sociedad entera, como contenido ético del Estado ) del sentido que le dan los católicos, para los cuales la sociedad civil es, por el contrario, la sociedad política o el Estado, en su confrontación con la sociedad familiar y de la Iglesia": Ibid, p.28.

 

Portelli hace un rastreo de estos conceptos en la obra gramsciana y presenta un panorama claro y ordenado del sentido de los términos. En lo que respecta a la sociedad política, citando a Gramsci, por ejemplo, dice: -"Sociedad política o dictadura, o aparato coercitivo para conformar a las masas del pueblo de acuerdo al tipo de producción y de economía en un momento dado". -""gobierno político", es decir, "el aparato de coerción estatal que asegura legalmente la disciplina de aquellos grupos que no consienten ni activa ni pasivamente, pero que está preparado para toda la sociedad en previsión de los momentos de crisis en el comando y en la dirección, casos en que no se da el consenso espontáneo". Y sacando sus propias conclusiones, señala: "La sociedad política posee pues características bien definidas: agrupa el conjunto de las actividades de la superestructura que dan cuenta de la función de coerción. En este sentido es una prolongación de la sociedad civil... La sociedad política no debe jugar sino un papel secundario en el sistema hegemónico".  Y agrega: Tal como se deduce de las definiciones de Gramsci, la función de la sociedad política es el ejercicio de la coerción, la conservación, por la violencia, del orden establecido": Portelli, Huges, Op. Cit., páginas 27 y siguientes.

 

Por su parte, Anderson establece una serie de oposiciones que enfrenta por un lado, la relación "Hegemonía = Consentimiento = Sociedad Civil" y, por otro, "Dominación = Coerción = Estado": Anderson Perry, Op. Cit., p. 42.

 

[18] "La supremacía de un grupo social se manifiesta de dos modos, como "dominio" y como "dirección intelectual y moral". Un grupo social es dominante respecto de los grupos adversarios que tienden a "liquidar" o a someter incluso con la fuerza armada, y es dirigente de los grupos afines o aliados. Un grupo social puede y hasta tiene que ser dirigente ya antes de conquistar el poder gubernativo (esta es una de las condiciones principales para la conquista del poder); luego, cuando ejerce el poder y aunque lo tenga firmemente en las manos, se hace dominante, pero tiene que seguir siendo también "dirigente": Gramsci, Antonio, Antología,  Ed. Cit. p.486.

 

[19] Dicho sea de paso, es este enfoque el que hace posible el fenómeno del "eurocomunismo" que modificó radicalmente la concepción y la práctica de los poderosos partidos comunistas europeos, especialmente el italiano, el español y el portugués, a partir de 1977. Sobre este tema se puede consultar: Ingrao, Pietro y otros, Gramsci y el "eurocomunismo", Editorial Materiales, Barcelona, 1978.

 

[20] Portelli, Op. Cit. páginas 36-37.

[21] Mouffe, Chantal, Op. Cit. páginas 118 y siguientes.

 

[22] Gramsci, Antonio, Cuadernos de la Cárcel, Tomo 3, Ed. Cit. páginas 235-236. La caracterización del transformismo  compuesto o secundario se encuentra en Grisoni y Maggiori, Leer a Gramsci, Ed. Cit. p.242.

 

[23] Portelli, Hugues, Op. Cit. p.79.

 

[24] Ibid. páginas75-81.

 

[25] Grisoni y Maggiori, Op. Cit. páginas 241-242.

 

[26] Mouffe, Chantal, Op. Cit. páginas 118 y 119. (La cursiva es nuestra).

 

[27]  Buzzi, A.R. La Teoría Política de Antonio Gramsci, Op. Cit. p.192.

 
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